Actualidad

LOS CAMBIOS CON LA LLEGADA DE ENERO

Buenos propósitos de Año Nuevo: ¿Por qué (casi) nunca los cumplimos?

¿Cuántas peticiones de cambio hacemos cada Nochevieja? A partir de un mes las autopromesas suelen diluirse por completo. Se estima que realmente se logran menos del 10% de propósitos de Año Nuevo. En estas fechas hay cientos de consejos para asegurarse alcanzar las metas que nos marcamos con la llegada de enero, pero no tanta información sobre la ciencia real de las razones por las que nos cuesta mantenernos fieles a nuestros empeños.

ene 09 / 2017

Ya se trate por falta de motivación, recursos realistas o, simplemente, por perder el interés, terminar lo que hemos comenzado a veces se nos hace tan difícil como llegar a Mordor. Las razones son de todo tipo, pero estadísticamente hay razones de peso. Por ejemplo, dejar de fumar. Es muy difícil hacerlo solo si en casa tu pareja sigue fumando, o si por la noche tus amigos no dejan de ofrecerte, o sencillamente fuman delante de ti. Rodearse de personas que te ayuden en tus propósitos hace que mejore la tasa de éxito. Para esto, suelen ser mejores aliados las personas positivas y optimistas.

Otro indicador de fracaso suelen ser los propósitos basados en altísimas expectativas. Es normal pensar en hacer obras faraónicas o proponerse objetivos demasiado grandes que no podemos cumplir, por lo que es fácil ver que no llegaremos al poco tiempo y perder el interés. Renunciar demasiado fácilmente, perder la emoción totalmente en febrero y darle cancha a otras prioridades también son consecuencia de una falta de puntos de referencia durante el año, pequeños objetivos menores que dan un poder de refuerzo positivo al cumplirlos y realmente ayudan a mantener el impulso.

También ocurre que te das cuenta de que tu propósito exige dedicar mucho más tiempo de lo que habías imaginado. Dedicas muchos minutos al día porque tratas de lograrlo todo de una vez, en vez de dividirlo en periodos manejables como emplear cinco minutos al día. Por ejemplo, dejar de ser tan desordenado no se arregla dándose la paliza una semana, sino convertirlo en un pequeño hábito diario. Otra cosa es que tu propósito lleve más dinero del que habías pensado. Si los gastos asociados a perder peso requieren un gasto de gimnasio mayor del que quieres (o puedes) permitirte, también es una razón a tener en cuenta. Si, además, fantaseas con tener el cuerpo de Cristiano Ronaldo a final de año, igual tus propósitos están en el rango de la ciencia ficción. Si crees que vas a perder 30 kilos en tres meses debes enfrentarte a la realidad de que eso no va a pasar. De nuevo, necesitas objetivos asumibles y con un plan base de pequeñas metas.

Picotear entre cambios

Esto también significa enfrentarse al hecho de que a que a menudo hay una lista larga de cambios que queremos hacer y si no escogemos uno al que podamos serle fiel nos dedicaremos a picotear de uno a otro sin llegar a nada. Para cualquiera de ellos hace falta un plan de acción, resultados semanales, un calendario con algo que hacer cada día para acercarse al resultado deseado. Para ello, también es imprescindible ser honesto con uno mismo. En ocasiones pensamos que debemos hacer algo pero no estamos convencidos, por lo que el intento es tan solo una pantomima que rara vez va a tener mayor resultado que quitarnos parte de nuestros esfuerzos y preciado tiempo.

A veces, a pesar de no haber cumplido las promesas del año pasado, seguimos intentándolo hasta que es tradición anual, un recordatorio de que los seres humanos no pueden dejar de creer en comenzar de cero. Todos estos intentos constantes que nunca llegan a ser fructíferos se basan en la forma en que funciona nuestro cerebro. Puede suceder que la imagen de hacer más ejercicio o la idea de dejar de utilizar tanto el móvil son un pensamiento suficiente. La imagen mental de tener la intención de dejar de repetir postre diariamente es una gratificación instantánea: sólo pensar en perder peso nos hace sentir bien y, en realidad, no tenemos que salir al frío para correr diariamente para quedar satisfechos.

Es el mismo proceso de comprar algo muy caro que no tenemos que pagar hasta 2020. La falta del esfuerzo necesario y predecir cómo nos sentiremos en el futuro se llama previsión afectiva. De alguna manera, prevés que vas a estar mejor dentro de un tiempo, pero cuando realmente vas realizar la acción necesaria para llegar a ese punto el esfuerzo en sí no es tan bueno como sentarse en el sofá, así que lo dejas. Cuando tratamos de superar nuestra resistencia a los propósitos, la fuerza de la costumbre se antepone a ello. Los hábitos son conexiones de neuronas que trabajan juntas y que nos han sido beneficiosas a lo largo del tiempo. Cuanto más ejecutamos el comportamiento habitual, más fuertes son esas conexiones en nuestro cerebro.

La rutina de no cepillarse

En la evolución humana, los hábitos han sido algo positivo, acciones automáticas que, por ejemplo, nos han salvado de los depredadores. Todo el sistema límbico del cerebro está dedicado al pensamiento automático, mientras que la corteza prefrontal, el centro de toma de decisiones de nuestro cerebro, hace todo lo posible para determinar cuándo puede y debe anular nuestros instintos. La clave sería aflojar la conexión entre las neuronas que forman estos quehaceres cotidianos. Una forma de hacerlo es a través de la atención plena. A menudo asociamos ciertos comportamientos -como ir a correr, comer sano o cepillarnos los dientes- como pensamientos negativos. Con el tiempo esta conexión se fortalece y la asociación se convierte en un pensamiento automático. El resultado es que no cepillarse se convierte en rutina.

Cepillarse o correr no debe tener una emoción unida a ella, no necesitamos emocionarnos con la tarea, pero hacer el esfuerzo para eliminar sentimientos asociados a la tarea hace que sea más fácil hacerla. Los hábitos tardan mucho en romperse, y la atención mejora cuando entramos en la espiral ascendente que surge cuando se hacen las cosas. Empezar y consolidar pequeñas tareas lo convierte en algo progresivo. Esto tiene que ver con el hecho de que los pensamientos acerca de nuestro yo se alojan en un área diferente del cerebro a las que procesan información acerca del futuro yo, que es la misma zona asociada con pensamientos sobre lo que nos resulta extraño. Empatizar con el yo futuro y que esa imagen no sea extraña puede ayudarnos a lograr las cosas en el presente.

Muchas promesas tratan de crear nuevas rutinas o cambiar las ya existentes: tienen que ver con comer de forma más saludable, hacer más ejercicio, beber menos, dejar de fumar, enviar menos whatsapp o pasar más tiempo "desenchufado" de móvil. Son respuestas condicionadas automáticas. Te levantas por la mañana y paras en tu cafetería del barrio para tomar tu napolitana con un café con leche, al terminar de trabajar llegas a casa y te plantas en frente de la TV. Contrariamente a la opinión popular, no es tan difícil cambiarlo, el único truco es crear uno nuevo. Ya hemos creado, literalmente, cientos de hábitos que tenemos ahora y ni siquiera recordamos cómo empezaron, así que crearlos no puede ser tan difícil o no tendríamos tantos. Para crear uno nuevo hay que elegir una pequeña acción y asociarla a una costumbre anterior (por ejemplo, bajar a una cafetería pero una más lejana de nuestra casa) para convertirla en algo fácil, ese es el único método para llegar al objetivo más grande.

Síguenos en Facebook para estar informado de la última hora:

NOTICIAS RELACIONADAS

Comentarios