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Las bases de la homeopatía: entre el placebo inútil y el cuento chino

Un niño de siete años falleció recientemente en Italia por culpa de una otitis. Había recibido solo homeopatía para tratar la enfermedad durante las dos últimas semanas y no había sido atendido por ningún profesional. La consecuencia es triste, pero da una idea de que la homeopatía está lejos de abandonarse en pleno siglo XXI. Pero, ¿qué es la homeopatía y por qué tantas personas creen que funciona?

jun 18 / 2017

Cuando hablamos de homeopatía solemos pensar en un tipo de medicina alternativa, una ciencia basada en remedios de sabios de pueblo que tienen mejores efectos que los de los médicos. Solemos imaginar que, en el fondo, seguro que tiene una base científica oculta. Nos suena de oídas y podemos pensar que puede tener algo que ver con la aplicación de productos naturales alternativos a los medicamentos. Uso de hierbas, tratamientos naturales, o infusiones con propiedades benéficas para el organismo. Pero no. Eso a lo que nos suena la dichosa palabra es ficoterapia o herboterapia, que al fin y al cabo está en consonancia con la farmacognosia y, por tanto, puede estudiarse por medio de la ciencia.

La homeopatía no es eso. La homeopatía dice ser una ciencia. Y está considerada una seudociencia. Es decir, los principios con los que funciona no han sido probados por ningún método científico. Pero no les voy a tratar de convencer de nada que no puedan comprobar con tan solo aprender un poquito de qué va, de verdad, este método tan extendido. Como muchas otras seudociencias -como el tarot, el horóscopo o las pulseras magnéticas- es una doctrina antigua que ha conseguido atravesar siglos de ciencia y avances medicinales de forma inamovible, como un bastión alternativo. Fue creada por Samuel Hahnemann (1755-1843), un médico alemán que abandonó la práctica médica porque creía que hacía más mal que bien. Se dedicó una temporada a escribir libros y a desarrollar el método y los principios homeopáticos.

El dinamismo vital

El bueno de Samuel empezó a probar directamente en sí mismo bastantes sustancias, pero el problema es que muchas eran tóxicas, así que empezó a diluirlas para evitar estos afectos dañinos. Un tipo inteligente. Pero no adelantemos acontecimientos. Toda la doctrina se basa en unos pocos axiomas. Todo se articula con un concepto, el llamado "dinamismo vital", que sería el responsable de curar los daños producidos por las enfermedades. Estas alternan la "fuerza vital" y producen síntomas. Hahnemann y los actuales homeópatas sostienen que las enfermedades no son causadas por agentes físicos sino por una falta de armonía en la “fuerza vital”. Sí. Eso es. ¿Interesante? Vamos a ver qué decía el autor en su libro del Organon.

"En el estado de salud del hombre la fuerza vital autocrática que dinámicamente anima el organismo material gobierna con poder ilimitado. Conserva todas las partes del cuerpo en admirable y armoniosa operación vital, tanto respecto a las sensaciones como a las funciones. (…) Sin embargo, la fuerza vital que reside en nuestro organismo es ininteligente e instintiva y rige la vida sólo mientras está en salud, pero es incapaz de curarse a sí misma en caso de enfermedad". Algo así como que la enfermedad resulta de la perturbación dinámica e invisible de la fuerza vital, la desaparición de los síntomas implica la restauración de la fuerza vital en su integridad, o sea, la salud.

Como podemos comprobar, toda esta maravillosamente absurda seudociencia se basa en un concepto más o menos parecido a la fuerza de Star Wars, un concepto cuasifilosófico que une el universo y sufre perturbaciones. Vamos, lo que hace el dinamismo, a efectos prácticos, es afirmar que la gastronteritis no está causada por una mayonesa en mal estado sino por un “desequilibrio del espíritu”. Guay. Sigamos. Su principal efecto práctico tiene tres pilares:

  • Ley de similitud: Una especie de norma que afirma que lo semejante se cura con lo semejante (similia similibus curantur). Los tóxicos que enferman pueden ser usados para curar a enfermos. Como consecuencia, los remedios homeopáticos se formulan en base a sustancias capaces de provocar los mismos síntomas que se busca tratar. Lógica pura. Si el arsénico no te deja respirar, pues te tomas un poco de arsénico y ese asma que tienes desaparecerá.
  • Ley de la dilución extrema: Aquí está el quiz. Claro, para que el arsénico cure no debe estar en su forma normal. Tiene que estar en menor proporción. Muuuucha menos proporción. El proceso se llama dinamización o potenciación. En el mismo se parte de la sustancia original, se la diluye progresivamente y entre cada dilución se agita la solución (10 sacudidas contra un cuerpo elástico conocidas como “sucusión“). Estas sacudidas, según los homeópatas, le transfieren al agua parte de la “esencia espiritual” de la sustancia original. Cuanto más diluida está la sustancia original más efecto homeopático tendrá. Perfecto.

Según esta teoría, para curar el insomnio provocado por beber demasiada Coca-Cola: coja una cucharadita de Coca-Cola, échela en una botella de dos litros de agua. Muévala con brío diez veces, eche unas gotas de esa botella en otra botella de agua. Y cuando acabe, beba un poco de esa agua. Seguro, seguro que le entrará un sueño profundo. ¿Por qué no probamos con heroína para curar el síndrome de abstinencia? Mejor aún, por qué no diluimos todos los venenos del universo y nos preparamos una neverita con todos los remedios posibles. Por ejemplo, un antídoto para cualquier animal venenoso del mundo. Siguiendo las diluciones que se utilizan tradicionalmente en homeopatía se llega siempre a un momento en el cual la sustancia original está tan diluida que no se encuentra ni una sola de sus moléculas en el remedio. Por esto mismo, el siguiente concepto es el más importante.

  • Ley de la memoria del agua: Esperen. Siéntense y atiendan. Resulta que el remedio diluido (aunque no quede una minúscula molécula en él) no necesita restos del ingrediente activo para funcionar, porque la sustancia queda “grabada” en la estructura del agua. La sucusión (los golpecitos) le infunden la famosa energía vital y fuerzan al agua a “recordar” el ingrediente que va desapareciendo gradualmente. Cuanto más se agite y menos quede del ingrediente original, más fuerte y potente se hace el remedio. (Suenan las risas enlatadas).

En 1988, la revista Nature publicó una controvertida investigación de un biólogo francés llamado Jacques Benveniste. Decía haber probado que el agua tiene memoria, pero pronto fue refutada por alergólogos, que vieron que el método del experimento tenía decenas de errores. Benveniste continuó manteniendo que su investigación era válida. Más tarde fundó una compañía, llamada Digibio, que afirmaba que el agua no sólo tenía memoria, sino que esta memoria podía ser digitalizada, transmitida por email y reintroducida en el agua. Hay que preguntarse por qué las empresas de homeopatía mueven cientos de millones de euros comercializando sus preparados de agua con azúcar cuando nos valdría con recibir un mail, descargar la memoria del agua e introducirla en tu botellita de agua. Supongo que para ello habría que comprarles a los homeópatas un pendrive especial para almacenar memoria de agua.

Abandonar tratamientos que sí sirven

Ninguna prueba ha sido capaz de desmentir que los remedios homeopáticos son inertes y no más efectivos que un placebo, o que simplemente dejan que la enfermedad siga su curso. Tampoco hacen ningún mal de por sí, salvo que resultan una estafa y que el remedio que no vale puede hacer que las personas abandonen o se nieguen a seguir los tratamientos que sirven de verdad. O en casos mucho más trágicos como el del niño italiano, que el seudomédico engañe a la familia y les haga creer que la medicina de verdad le hará mal al enfermo. También ha habido casos tristes de enfermos de cáncer que evitaron tratamientos relativamente efectivos para seguir su método homeopático que les llevó a una muerte prematura.

En el momento que se creó, en una época donde había remedios como sangrar al paciente o darle medicamentos que podían tener productos venenosos, contaminados o tóxicos, la homeopatía se veía bien puesto que al no hacer nada a peor, era incluso positiva. Pero hoy tenemos medicamentos verdaderamente eficaces que han sido estudiados, comprobados y vueltos a probar. No utilizarlos no es una elección, es una irresponsabilidad social grande. La misma que la de las teorías antivacunas. Una regresión absurda, fruto de la desinformación, la ignorancia, el engaño y los intereses de algunas empresas.

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