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ENTREVISTA A JUAN DIEGO BOTTO

«Ayudar a cambiar las cosas es más importante que mi propio trabajo»

Con cuatro galardones, 'Un trozo invisible de este mundo', de Juan Diego Botto, se alzó como la máxima ganadora en la última ceremonia de los Premios Max de teatro. La obra, que se representa en la Naves del Español en Madrid, es una reflexión sobre la inmigración, el exilio y, en definitiva, la condición humana

may 27 / 2014

1978. Argentina. Cristina Rota, actriz de 33 años, madre de dos hijos y embarazada de un tercero, abandona con ellos su país por miedo a las represalias. Vuela a España. Su marido, el también actor Diego Fernando Botto, queda atrás, detenido, entonces, por las fuerzas del dictador Jorge Rafael Videla. Su nombre, con el tiempo, pasará a engrosar la lista de los más de 30.000 desaparecidos víctimas del Proceso de Reorganización Nacional, como los propios golpistas autodenominaron su régimen. 

2011. España. Samba Martine, congoleña de 34 años, muere víctima de una negligencia asistencial y sanitaria en el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Aluche, en Madrid. Su historia, gracias al esfuerzo de algunas ONG, trasciende a los medios de comunicación. Con ella, las condiciones en las que subsisten cientos de inmigrantes retenidos en este tipo de centros, opacos a la opinión pública a pesar de estar gestionados por el Ministerio del Interior.

Exilio e inmigración. Dos conceptos tan separados y a la vez tan cercanos que se entrelazan en el lugar de destino y en 'Un trozo invisible de este mundo', la última obra de teatro escrita y protagonizada por Juan Diego Botto (1975). 

Premiada con cuatro galardones en la XVII edición de los Premios Max (mejor espectáculo, mejor actor, mejor autoría revelación y mejor diseño de iluminación), 'Un trozo invisible de este mundo' encadena una serie de monólogos que implican al espectador haciéndole reflexionar sobre una realidad que, quizás por rutinaria, muchas veces acaba por pasar desapercibida.

GONZOO: La situación real de los inmigrantes en España ¿es invisible o es que no queremos verla?

JUAN DIEGO BOTTO: Es evidente que no queremos verla. Es un pedazo muy importante de nuestra cotidianidad, que está en nuestra rutina, y que, sin embargo, ignoramos de forma inconsciente. En parte porque los medios de comunicación solo se acercan a hablar de ella cuando pueden enmarcarla en un fenómeno ligado a la criminalidad, a las mafias, a la represión... O como una mera estadística, deshumanizada. Se habla del número de inmigrantes que llegan en una patera, del porcentaje en el que sube o baja la inmigración… Pocas veces nos acercamos a ver las historias de forma empática y humana, tratando de entender realmente qué hay detrás y quiénes son esas personas que van y vienen.

G.: España es un país que ha vivido el exilio y la emigración, sin embargo muchas veces se tiende a confundir ambos conceptos.

J.D.B.: Sí, y es simple encontrar la diferencia. El exilio normalmente viene motivado por una urgencia política, violenta e inmediata, como una guerra o un golpe de Estado. No da tiempo a premeditar la partida. Los inmigrantes, en cambio, pasan mucho tiempo planificando y fantaseando con la huida.

España tiene ejemplos de ambas cosas. Todos los países de América Latina han recibido a exiliados españoles, durante y después de la Guerra Civil. Europa también ha sido, y es de nuevo ahora, receptora de españoles que salen a buscar un futuro que su país no les ofrece.

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G: ¿En qué se diferencia esta obra de las anteriores que has escrito?

J.D.B.: Es un texto que parte de la realidad y que tiene una voluntad de hacer reflexionar sobre algunos de los aspectos que considero más importantes de nuestra realidad. También, como en los anteriores, la historia argentina está presente. La diferencia es que este es un texto más redondo, en el que he puesto más énfasis en la teatralidad, en el sentido de que no fuera una obra discursiva y alejara al espectador. He buscado un texto reflexivo que se acerque a él.

G: Mezclas realidad y ficción. Al final de cada representación acabas emocionándote. ¿Es necesaria esa implicación a la hora de escribir o interpretar?

J.D.B.: No concibo mi oficio de otra manera. Me dejo la piel cada noche, como si esa fuese la última actuación. Sobre todo al tratarse de algo tan personal, cuento cosas a las que no puedo faltar el respeto no dando todo de mí. La emoción, de todas formas, es genuina en un actor. En esta obra se une que lo que cuento lo he escrito yo, y aparecen temas que me movilizan y me tocan emocionalmente. Luego está la respuesta del público, que me sigue sorprendiendo en cada representación porque nunca la espero. La generosidad de un público que se levanta te hace pensar que por lo menos algo de lo que has contado les ha llegado.

G: La parte del exilio, como has dicho, te toca muy de cerca. Tenías tres años cuando tu familia dejó Argentina, ¿cómo se explica eso a un niño?

J.D.B.: No hay más remedio que contar la realidad. Nosotros de repente nos fuimos. Nos subimos a un avión y llegamos con mi madre a España. Mi padre no vino con nosotros. La historia nos fue llegando poco a poco. Primero nuestra madre nos contó que habían detenido a mi padre, lo cual era verdad, pero no nos dijo que, presumiblemente, estaba muerto. Él era una persona implicada políticamente, que quería cambiar las cosas, que quería hacer cosas para que el mundo fuese mejor. Pero llegaron unos militares y lo metieron en la cárcel... Ese relato, con el tiempo, se fue transformando, ganando detalles. Siempre se nos dijeron las cosas tal y como eran, de las distintas maneras que un niño, a diferentes edades, puede entenderlo. 

G: ¿Cómo conociste el caso de Samba Martine?

J.D.B.: Por un amigo, Pablo Rodríguez, que trabaja en la ONG Ferrocarril Clandestino. Me contó la historia de Samba y me llevó a su funeral. Su ejemplo es un símbolo de lucha por los derechos de los inmigrantes y por el cierre de los CIE. En el tanatorio vi cómo la madre de Samba se aferraba al féretro de su hija. Lloraba, porque además ni siquiera podía verla. Había pasado mucho tiempo, el cuerpo había sufrido muchas autopsias, así que el féretro permanecía cerrado. La madre se aferraba al ataúd muy fuerte y gritaba "no te puedo abrazar". Fue una experiencia muy impactante y a partir de ahí indagué en los CIE, y la situación de cientos de personas encerradas en esas cárceles, donde se les privan de derechos y son sometidos, según denuncian ellos mismos, a muchísimos maltratos. Aun así, los CIE siguen ahí, como un pozo oscuro en nuestra democracia.

G: ¿Has entrado en alguno?

J.D.B.: No, no se puede entrar. Ha entrado la Cruz Roja, alguna ONG que tenga un trato especial, pero no es como una cárcel en la que hay visitas. Por eso me refiero a ellos como algo muy oscuro. Algún parlamentario ha entrado, también el anterior defensor del pueblo (que hizo un escrito muy contundente tras la visita [AQUÍ EL PDF]), algún juez… Pero yo no podría, no me dejarían.

G: ¿El activismo social y político pasa factura?

J.D.B.: ¿Individualmente?

G: Sí, como persona y como actor.

J.D.B.: Sí, claro. Aunque depende, si tu activismo es para tu enriquecimiento personal, a lo mejor lo que te pasa es una factura con muchos ceros. Si es contra lo establecido, de una forma u otra acabará por tener consecuencias. Serás criticado por algún sector, y cuanta más relevancia tengas, más duras serán las críticas. Pero no tiene por qué ser una consecuencia negativa. Factura también puede ser la satisfacción de sentir que estás moviéndote por algo que merece la pena. En ocasiones, pocas (aunque las hay), se consiguen cosas. Cuando pasa, y tú has participado, recibes una de las mayores satisfacciones. Imagínate: participar en un cambio que haga mejor la vida de otras personas.

G: Hay actores que prefieren no mojarse y ser ‘juzgados’ solo por su trabajo. ¿Por qué diste tú el paso de salir a manifestaciones (como el 15M) y mostrar tus opiniones en público?

J.D.B.: Antes que artista soy ciudadano. Vivo en una comunidad. Veo cosas a mi alrededor que no me gustan y tengo, por suerte, en España, el derecho de participar de la forma que yo crea necesaria. Ayudar a cambiar las cosas es más importante que mi propio trabajo. También soy consciente de que a veces las críticas tienen consecuencias. Hay muchos compañeros que prefieren no expresar sus opiniones por lo que puedan pensar los demás. Lo comprendo, yo no soy un suicida, me gustaría poder trabajar en lo mío toda la vida, pero no soy capaz de entender la vida de otra manera.

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G: Cuando termina la representación de 'Un trozo invisible de este mundo', después de los aplausos, citas el artículo 44.1 de la Constitución española: "Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho".

J.D.B.: Es una clara referencia a la indiferencia general que mantienen los poderes públicos hacia la cultura. El 21% de IVA es un ejemplo importante de esa dejación de funciones.

G: ¿"Tutelarán" no es una palabra peligrosa?

J.D.B.: Depende de cómo se entienda. La cultura se puede controlar de muchas maneras, en este momento se está haciendo asfixiándola. El sentido con el que fue redactado este artículo es 'garantista'. Pretendía garantizar que todo el mundo, de cualquier condición económica, pudiera acceder al teatro, al cine, a la literatura… Como ocurre con casi todos los artículos similares de la Constitución, es absolutamente fantasioso. Uno de mis amigos dice que su libro de ficción favorito es la Constitución española.

G: ¿Cómo ves el teatro español?

J.D.B.: Lo veo de forma contradictoria. Por un lado estamos viviendo un momento de enorme ebullición creativa. De gran creatividad, en pleno auge. Pero esto viene acompañado de una enorme precariedad. Nunca hemos estado en una situación peor. Muchas de las compañías nominadas este año a los Premios Max no pueden dedicarse al teatro de forma profesional. La situación es ambigua, muy positiva respecto a las propuestas emergentes, muy negativa respecto a las dificultades que las administraciones nos están poniendo para vivir de nuestro trabajo.

G: Es inevitable que te pregunte por las Elecciones Europeas, ¿cómo valoras los resultados?

J.D.B.: A nivel nacional, el bipartidismo ha sido profundamente castigado. Era la 'crónica de una muerte anunciada', aunque estoy seguro de que los resultados cambiarán mucho en las próximas votaciones. El electorado del PP se activará mucho más. El PSOE se enfrenta a una renovación inevitable que tiene que hacer. Subirán escaños, pero no creo que se recuperen esos porcentajes del 80% que sacaban entre PSOE y PP.

La erupción de Podemos ha sido algo increíble. Como persona de izquierdas, el ascenso de IU y de Podemos me ha parecido ilusionante. Ahora poder seguir creciendo dependerá mucho de la astucia de ambos, y de decidir si su voluntad es ser meras bisagras o ser partidos que aspiren a cambiar realmente las cosas.

G: ¿Y a nivel europeo?

J.D.B.: Catastrófico. El ascenso del fascismo es algo muy preocupante. El domingo recordaba la película 'Cabaret', cuando el personaje del millonario, cada vez que se va encontrando con nazis, dice "bueno, de momento no son importantes, ya les pararemos los pies". Creo que el 'austericidio' que se está cometiendo en Europa está saliendo por derroteros desesperados y con el fascismo no se juega, porque es un monstruo que te puede devorar en cualquier momento. Es curioso, porque ese voto desesperado, que viene en muchos casos de la clase obrera, podría haber sido también capitalizado por la izquierda, pero no ha sido así.

G: ¿Cómo ves el futuro?

J.D.B.: Es muy difícil cambiar las cosas en un mundo tan globalizado, pero soy optimista, tengo mucha confianza en la capacidad del ser humano, y en que finalmente la solidaridad y el sentido común se impondrán. No pueden seguir machacándonos de esta manera solo por el beneficio de unos pocos, que cada vez son más ricos. Creo en un futuro en el que nadie se quede fuera, en el que podamos repartir entre todos lo que hay para vivir en armonía. Acabará por imponerse este pensamiento. Además, no tenemos dos planetas, así que este habrá que cuidarlo.

Una invitación a la reflexión

'Un trozo invisible de este mundo' habla del desarraigo y de la distancia. Es una reflexión sobre lo que somos, sobre la condición humana en su estado más puro, que se suele mostrar en la soledad. Un escenario abierto donde la dignidad se mantiene sin contemplaciones y la realidad tiene tantos ángulos como miradas se puedan posar en ella. 

La obra se representará en las Naves del Español-Matadero de Madrid, hasta el 8 de junio. Escrita por Juan Diego Botto, está protagonizada por él mismo y la actriz y cantante Astrid Jones y está siendo dirigida por Sergio Peris Mencheta.

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