Creadores

ENTREVISTA A BERTA GARCÍA FAET

«Escribir es un intento de estar ahí para alguien cuando ya no estemos»

Berta García Faet regresa con 'La edad de merecer' (La Bella Varsovia), un poemario sobre amor y sexo, religión y literatura. Una voz brillante y torrencial que viene a confesarlo todo

jul 03 / 2015

te lo dije:

soy pasional, soy pasional, soy
pequeña,                            amo
mucho
las pequeñas volutas de sentido
decimal

Berta García Faet (Valencia, 1988) es una de las poetas jóvenes más interesantes del panorama actual. Es autora de cinco poemarios: 'La edad de merecer' (La Bella Varsovia, 2015), 'Fresa y herida' (Diputación de León, 2011), 'Introducción a todo' (La Bella Varsovia, 2011), 'Night club para alumnas aplicadas' (Vitruvio, 2009) y 'Manojo de abominaciones' (Ayuntamiento de Avilés, 2008). Y en los ratos que la poesía le presta, investiga sobre literatura y traduce a poetas que la asombran. Berta es una de esas mujeres feroces que escribe manteniendo un diálogo íntimo consigo misma y con el lector. La suya es una poesía urgente y febril que viene de lejos y tiene argumento. Cuando dice: amor; cuando dice: dios, está contando su historia sin saberlo.

GONZOO: ¿Cuál fue el momento exacto en que empezaste a escribir? ¿Cómo fue el primer verso? ¿Qué edad tenías?

BERTA GARCÍA FAET: Siempre estuvo ahí, así que no recuerdo el momento exacto... Los pseudo-poemas y pseudo-relatos más viejos que conservo son de cuando tenía siete u ocho años. Versos sensibleros dedicados a mis amigas, historias de niñas que viven en mansiones tenebrosas y tocan "deliciosamente" (sic) el piano... Cosas así. Y muchísimas cartas. Creo que siempre he sentido que escribir es hablar. Y escribir es leer. Y siempre me ha encantado leer y hablar. Escribir es conversar, charlar, leer al otro y leerte tú, frente al otro, solo que en diferido, sin poder palpar los cuerpos, a través de tiempos y espacios (lo más emocionante es que puedes comunicarte hasta con los muertos).

G: Una de las citas que abre tu anterior poemario 'Fresa y herida' es de Federico García Lorca y dice así: "Escribo para que me quieran". ¿Para qué escribe Berta García Faet? ¿Para quién?

B.G.F.: Hay dos citas: la que dices, y una de E. M. Cioran: "Escribo para no matar". Creo que ahí está todo, o todo lo que me movía entonces cuando escribí ese libro. Lo de no matar tiene una lectura fácil, que es la lectura de la auto-terapia, de la sublimación civilizada. Es una exageración (espectacular, con su buen toque decadentista), pero tiene un punto verdadero y más difícil, que es el de la sensación de necesidad, la urgencia (tal vez curativa) de la expresión. Lo de hacerse querer está más enredado… Por un lado, desde la perspectiva de la pragmática, el poema es una acción simulada de comunicación. La cuestión, probablemente, es que no es únicamente simulada, sino que hay una tensión entre el fingimiento (pessoano) y la correspondencia biográfica estricta. A veces hay un destinatario real, más allá (o más acá) del destinatario al que parece dirigirse el yo lírico… Por suerte para todos, las marcas autoriales son una cosa muy ambigua y nunca jamás se sabrá la verdad verdadera; ¡menos mal que no importa! Por otro lado, hacerse querer es, por cómo nos han educado, un asunto muy de mujeres y, más en general, de los grupos discriminados: la obsesión de la aceptación, las ansias de reconocimiento, la lógica de la seducción, la esperanza de llegar a demostrar (como reacción, como compensación) que sí importamos… Es como una hipertrofia (en plan pavo real) de la auto-puesta-en-valor.

Me he dado cuenta de que mi yo lírico es muy seductor, muy coqueto, constantemente hace posturitas y monerías para ganarse al lector (además, decide hacerse la tonta y/o la tímida y no mencionar demasiado a la lectora). Lo cual es ligeramente auto-irónico, porque tiene que ver con la "tarea" de buceamiento crítico sobre la feminidad en el que vengo chapoteando locamente desde hace tres o cuatro años. Además, está la cuestión del prestigio, que es un "signo" de estima grupal. ¿Quién nos quiere? ¡A saber! Sin embargo, tal y como sucedía, según Weber, con la ética protestante del capitalismo (como Dios era un señor 100% insondable y, de antemano, sin libre albedrío, algunas personas ya estaban salvadas y otras ya estaban condenadas, se generalizó la creencia de que el éxito mundano-material de los individuos podía interpretarse como un guiño divino, favorable a una probable entrada en el paraíso), en el artisteo ocurre algo similar… Es una especie de auto-exigencia, o un auto-engaño, o un querer creer. Como si el aprecio estético por el trabajo poético de una significara algo más (algo más, es decir, amor, afecto, amistad por una) que eso. Y después está el tema de la espinosa mortalidad, que lo complica todo. Escribir es también un intento de quedarnos, de estar ahí para alguien cuando ya no estemos. Así que no sé. Para seguir viviendo y para vivir mejor… para eso escribo. En parte. La otra parte está en que concibo la poesía ante todo como una investigación, personalísima, intransferible, de carácter existencial, pero también sociocultural, político y moral. Un escudriñamiento, una exploración. La más efectiva y legítima disciplina epistemológica. Así que todo encaja. Por si todo esto fuera poco, escribir poesía da mucho placer. Placer físico. Algún día habrá que hablar de cómo se nos hace la boca agua a algunas cuando juntamos ciertas palabras, ciertos ruidos, ciertos colores.

Berta1

G: La poeta Wislawa Szymborska tiene un poema, 'Elogio de mi hermana', que dice: "En muchas familias nadie escribe versos, pero si lo hacen, es raro que sea solo una persona. A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones, creando peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos". ¿Hay antecedentes de poetas en tu familia? ¿Quién te descubrió los libros, la lectura?

B.G.F.: No, no hay antecedentes de poetas en mi familia. Lo bueno es que en mi casa había una pequeña-pero-bien-seleccionada biblioteca, con los libros que tuvieron que leer y estudiar mis padres en sus carreras. Hasta los quince años o así, de poesía solo leí lo que dábamos en clase y lo que había en ese sótano: básicamente, diversas antologías del Siglo de Oro, todo Juan Ramón Jiménez (que lo odiaba), todo Antonio Machado (que lo odiaba con toda mi alma), toda la generación del 27 (que es una larga historia), y todo Pablo Neruda (que es una larga historia). Y Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana, de Menéndez y Pelayo (que me chiflaba). Releía y releía y releía a los mismos autores una y otra vez, aunque ninguno me apasionaba de la manera en que me apasionaron mis primeras adquisiciones propias. También había un montón de libros de literatura catalana (a los que no me acerqué hasta mucho más tarde) y de Nietzsche (aún no sé bien qué hacía Nietzsche en la biblioteca de mis padres) y muchísimos señores franceses (varios ejemplares de Montaigne, Flaubert y Sartre; naturalmente que no entendía nada y me limitaba a regodearme en mi terco no-entendimiento). Sobre todo leía narrativa. A los quince o dieciséis me compré mi primer libro de poesía, con mi dinero de la paga: una antología de Rubén Darío. Mi segunda compra fue una antología de Blas de Otero. Esto es 'Historia Muy Antigua'... Pero creo que así se explican bastantes cosas.

G: Has estudiado Ciencias Políticas, Economía, Filosofía, varios idiomas, has vivido en varios países extranjeros, vas a comenzar tu doctorado en Brown en Literatura, tu poesía revela un amplio y variado conocimiento cultural. ¿Qué te hizo decantarte por una formación tan amplia en humanidades y sociales? ¿Cómo describirías la relación entre tu trabajo como investigadora y tu poesía?

B.G.F.: Bueno, esto es extensísimo de contar. Mejor voy a resumirlo: me he decantado por hacer el doctorado en Literatura Española y Latinoamericana (y, por tanto, por no seguir en el camino que hace tan solo un par de años parecía que iba a seguir: el de la Filosofía) por placer. Al final he apostado por el mero placer. El placer físico de juntar palabras, ruidos y colores. Por supuesto que todo lo demás sigue interesándome ("interesándome" es un eufemismo: en realidad soy una obsesa), y por supuesto que sigue ocupando mi mente y (ojalá, también en el futuro) mi trabajo académico. Espero que esas disciplinas a las que dediqué tantos años de mi formación (y de mi amorosísima pasión) "se noten" en la forma que tengo de entender la literatura y el estudio de la literatura.

G: En tu último libro, 'La edad de merecer', le dedicas un poema a Alberto Acerete y a Unai Velasco, dos poetas de tu misma generación. ¿Qué relación hay entre la obra de estos poetas y la tuya propia? ¿Sigues la trayectoria de otros poetas jóvenes que te interesen?

B.G.F.: Alberto Acerete y Unai Velasco son palabra de Dios para mí. Aparte, los quiero muchísimo como amigos, los respeto y los admiro como poetas y (matiz no menor) como lectores de poesía. Son muy brillantes. Mi poema 'Autorretrato religioso' está dedicado a ellos porque su primera versión brotó después de un breve encuentro nuestro (la primera vez que estábamos juntos los tres, y aún no nos conocíamos demasiado bien, y fue todo como muy corto y acelerado): un coloquio (deshilachado, entusiasta, agrietado, saltimbanqui), Passeig de Gràcia arriba, sobre poesía, filosofía del lenguaje y fe. Creo que compartimos tonos, campos semánticos favoritos, referentes, referencias, obcecaciones… Por resaltar algo: nuestra preocupación común por el vínculo sentimental, en relación al vínculo lingüístico (perdido o no, recuperado o no, restaurado o creado ex nihilo) entre mundo y palabra. Más o menos ahí hace su aparición estelar la pregunta religiosa (que, según Unai, parte de un cierto deseo de re-ligare) (y que, según yo, enlaza con la muerte de Dios y la nostalgia del absoluto) (ahí también hace su aparición estelar, por cierto, la pregunta ética). Otra cosa que compartimos (más ellos que yo, que me centro más bien en tratar de imitarlos y que se me peguen sus virtudes): la creencia en la responsabilidad crítico-literaria de quien escribe poesía. No conozco a nadie que lea más libros de poesía que ellos (los leen todos) (y de todos tienen una opinión formada, y a todos saben ubicarlos en corrientes y actitudes y dejos). Suena muy serio eso de la responsabilidad, pero sí… ¡escribir es leer! Así que sí, leo mucho, todo lo que puedo, a mis compañeros de generación y sigo sus trayectorias, cada vez más. Paralelamente leo a los muertos y a los viejos (que son mi debilidad) (placer sin más) (hablo de San Juan de la Cruz; hablo de la postguerra: de Dámaso Alonso, de Luis Rosales, de Ángela Figuera Aymerich, de Arturo Serrano-Plaja; hablo de Carlos Edmundo de Ory; hablo de Manuel Vázquez Montalbán, de Álvaro Pombo; de Blanca Andreu).

Berta2

G: Según el poeta Martín López-Vega, tu obra destaca por "la compleja arquitectura" de tus poemas. ¿Estás de acuerdo con eso? ¿Crees que tu poesía es novedosa y poco convencional dentro del panorama de la poesía joven española sobre todo si nos fijamos en tu cuidada retórica?

B.G.F.: Está mal decirlo, pero creo que sí que tiene sentido eso de destacar la "arquitectura". O sea, es que mis poemas son, o esa es al menos mi intención (o esa es mi jodida condena), estructura. Y no sé por qué pero desde siempre he tendido a fijarme en la estructura de los discursos (en mi cabeza pienso —literalmente— vía rectangulitos y triángulos que se van desplazando). Concretamente, funciono vía paralelismos (de cercanías o de contrastes, de correlaciones positivas o negativas). En otras palabras, recurrencias. Recurrencias semánticas y (lo peor) (digo lo peor porque me estalla el cerebro y esta es la razón por la cual no sé escribir narrativa) sintácticas. Y luego están mis manías obsesivo-compulsivas. Del tipo: hay que repetir tal palabra (o tal sinónimo de tal palabra) tres o cinco o siete veces. Y hay que sugerir esa cadena de conexiones dos o cuatro o seis veces. Es placer, aunque a veces lo paso mal. Lo paso bien cuando consigo relajarme y desdibujar (descolorir un poco) ciertas sinestesias.

Lo de si mi poesía es novedosa y poco convencional en relación a lo que la gente de mi generación está haciendo, pienso que no. En los temas está claro que no: hay una larguísima tradición de poesía-escrita-por-mujeres-indagadoras-de-la-propia-feminidad, y hay una larguísima tradición de poesía amorosa y sexual "desenfadada" (o enfadada), desde el neoconfesionalismo o la neoironía o el neocursilismo (este último término acuñado por Unai para referirse a mis desmanes) o lo que sea, y hay muchas mujeres escribiendo sobre la infancia y sobre el cuerpo y sobre la maternidad y sobre la familia y sobre las genealogías. Luego, Unai, Alberto y Guillermo Morales están escribiendo mucho sobre filosofía del lenguaje, en conexión con las vicisitudes de la tribu (en mi interpretación; Guillermo dice que en mi libro 'La edad de merecer' hay ante todo una "teoría del signo"; lo mismo pienso yo de estos tres muchachos). Siento afinidad estilística, y admiración, con varias personas más. Qué sé yo… Olga Novo. Elena Medel. Que, por cierto, provenimos, aunque sea de refilón, de ciertas lecturas precoces de, qué sé yo, Almudena Guzmán, Inmaculada Mengíbar. Hay muchísima gente de quienes aprendo muchísimo, todo el rato.

G: Hace algunos años, en 2011, Luna Miguel te entrevistó para su blog acerca de tu libro 'Introducción a todo'. Ella te preguntaba sobre si te interesaba la juventud y escribías sobre ella y tú dijiste: «Realmente no me interesa el tema de la juventud, sino el del envejecimiento o la madurez. Más en general, pienso en el tiempo y sus estragos en la identidad y las expectativas; me interesa cómo, del despliegue de posibilidades iniciales que parecían inacabables, nos vamos limitando a un número finito y más bien modesto de formas de vida. En otras palabras, en qué nos concretamos». ¿Qué es la edad de merecer? ¿No es la «edad de construir», de hacerse, de creer? ¿Es también la edad de merecer, la edad del fracaso y el error?

B.G.F.: El título 'La edad de merecer' es irónico y auto-irónico. Supuestamente las chicas estamos en "la edad de merecer" cuando somos casaderas: merecemos un marido, merecemos el reconocimiento de que (por nuestra belleza, inevitablemente lozana y núbil) nos merecemos un marido. Es irónico porque lógicamente esta ecuación (el derecho al reconocimiento equivale al derecho de conseguirse un marido y, a la vez, deriva de él) es horrible, y rechazo visceralmente toda esta idea de la mujer valiosa qua esposa y qua madre (es decir, de la mujer en tanto que complemento patriarcal). Rechazo también el lazo que se pretende que haya entre "lo bueno" y "lo bello" (la belleza como cualidad moral o como cualidad extra-moral que, sin embargo, sí produce réditos emocionales: de prestigio, de generar un interés, de levantar expectativas, de ser escuchada y mirada, de la fascinación ajena...). Y, sin embargo, como digo, el título también es auto-irónico, porque como mujer y ser humano socio-culturalmente mediado que soy, sufro todas esas presiones, y forman parte de mí. Y más siendo una ex-niña católica. Esto lo explica muy bien la socióloga Eva Illouz: la pareja es el nuevo Dios, la utopía del amor romántico (indisociable de ciertos estereotipos de género sumamente dañinos) es la nueva religión: autoestima dependiente-de-la-adoración-del-otro, hambre de incondicionalidad, metanoias varias, salvaciones varias, edenes varios, etc.

No sé bien cómo encaja la juventud en todo esto. Solo sé que la apología de la-juventud-en-sí me parece (moralmente) mal (que por supuesto no es lo que hace Luna Miguel, ni mucho menos). Creo que ese es el mensaje (la norma, y la trama, y la trampa) más bien del capitalismo: la obligación de mantenernos, física y psicológicamente, siempre jóvenes: frescas como rosas, tersas como rosas, hermosas como rosas, alegres como rosas. Si supiera de música punk, escribiría una canción cuyo estribillo fuera: "Fuck your roses, idiot!". Me encantaría ser valiente, buena y consecuente, y que no me importara un pimiento envejecer y/o engordar y/o ser y/o estar fea, fea, fea. Es una maraña tremenda. Igual soy una conspiranoica pero resulta que veo a ese tríptico de belleza-juventud-delgadez todo arremolinado y acurrucado en un mismo continuum dictatorial y auto-dictatorial.

G: ¿Qué te llevó a querer escribir un libro tan expansivo (un discurso amoroso al estilo de Barthes, un tratado sobre la juventud, una colección de cartas románticas a tus amantes, una 'Epístola a los Corintios' posmoderna) como 'La edad de merecer'?

B.G.F.: No estaba planeado. Llevaba cuatro años escribiendo, desde el último libro que publiqué. Hice limpieza y me salieron dos libros. Uno de ellos es el que le mandé a Elena. Al final, como un tercio de lo que le había propuesto en un principio se quedó fuera. Así que ahora tengo otro libro descomunal más otro tercio suelto por ahí. Haré lo que siempre hago, y lo que hice con este: ordenar los materiales según una lógica que, sí, está en los materiales, pero después.

G: Tu poemario puede leerse como una autobiografía en verso. Hablas de sexo, de amor, de desamor, de deseo, aprendizajes y también de religión. ¿Crees en Dios? ¿Qué importancia ha tenido la educación católica en tu vida y en tu escritura?

B.G.F.: Bueno, la verdad es que no veo 'La edad de merecer' como una transmutación lírica de mi autobiografía extra-literaria. Hay un yo muy potente y muy desvergonzado que habla en voz muy alta, pero no sé si soy yo, y no importa. Quiero decir, no soy yo, aunque estoy yo. Están algunas de mis preocupaciones, algunas de las cuestiones en las que he querido "investigar" por la vía poética. Matizo lo de "por la vía poética" porque hay asuntos que me importan mucho y que aún no he logrado pensar o sentir mediante poemas.

Sobre Dios, a ratos soy atea a regañadientes. O sea, quisiera no ser atea, porque la idea de Dios me parece —literalmente, otra vez— maravillosa; sobre todo me atrae lo de que "la muerte no interrumpe nada" que decía Luis Rosales y lo del amor incondicional y lo de que no hayan discrepancias entre el mundo y la palabra. A ratos tengo unos arrebatos pseudo-místicos y no sé bien qué decir o qué no decir sobre ellos. Eso a nivel trascendental, o lo que sea. Pero es que, respecto a nuestra pura inmanencia del aquí y el ahora, me he dado cuenta (a base de zambullirme mucho) de que mis intuiciones políticas progresistas más básicas provienen, casi siempre, de los tiempos y los espacios y las cantinelas de mi infancia católica. El otro día hablaba con Isabel Cadenas Cañón de esto mismo, y le contaba que, de adolescente, me preocupaba muchísimo la cuestión de la libertad individual (sobre los modos de vida y las preferencias amorosas y sexuales), porque eso era precisamente de lo que no se hablaba en mi ambiente educativo. Por eso me hice liberal, y fui una convencida liberal durante unos cuantos años. La cuestión social la daba totalmente por supuesta, y eso a causa mi educación católica. Es decir, de niña yo me pensaba que el cristianismo era ser de izquierdas y viceversa. Conceptos tipo "solidaridad", "igualdad", "fraternidad", "amor por el prójimo" o "compasión" me parecían auto-evidentes y nunca dudé de ellos, pero ahora veo que era así porque me los inyectaron en vena desde muy pequeña.

G: En 'La edad de merecer' pueden oírse ecos de la poesía de Olga Novo (la torrencialidad, el yo de la experiencia, el cuerpo). ¿Cuál es tu genealogía poética? ¿Qué escritoras crees que todos deberíamos estar leyendo?

B.G.F.: Deberíamos estar leyendo sin parar a Ángela Figuera Aymerich, a Julia Uceda, a Blanca Andreu; a Alfonsina Storni, a Rosario Castellanos, a Ida Vitale, a Blanca Varela, a Carmen Ollé.

G: Una se cansa de escuchar y leer a otras mujeres que no se consideran feministas, que ven el término casi como un insulto. Como feminista confesa, ¿cuál sería tu defensa apasionada del feminismo para todas las indecisas?

B.G.F.: Es necesario ser feminista porque los estereotipos de género nos oprimen a todas y a todos. Los estereotipos de género son normas disfrazadas de hechos naturales sobre cómo debemos ser y estar que, si nos resignamos a cumplirlas, nos seguirán haciendo mucho daño. Y entonces no podremos ser felices, y no podremos querernos (ni mutuamente ni a nosotros mismos).

DAÑO Nº 18

Creer que estás embarazada

Querer sexo (querer que quieran sexo
contigo) pero pasar el viernes sola

Ponerte en el pellejo de la hermana de Celan
que nunca apareció

Ver llorando a un anciano
que ha visto un reportaje en la televisión pública
sobre el abandono de ancianos; su triste párpado
           de repente
chasquea

Ir al ginecólogo y decir
creo que estoy embarazada

Desmayarte de nervios y dolor; el doctor te hipnotiza
con su insulto feroz: "no sé por qué,querida,
te duele tanto este dilatador: es
para vírgenes"

Decirle a tu madre
he ido al ginecólogo
porque creía que estaba embarazada

Ah, ¿ya mantenéis relaciones sexuales completas?
Y sin precauciones, estoy decepcionada

Ver que tu madre está decepcionada, tu
madre está decepcionada

Ponerte en el pellejo de Celan
que jamás encontró a su hermana
imaginaria

Ponerte en el pellejo de Gisèle porque
Celan intentó estrangularla porque
jamás encontró a su hermana
imaginaria

Querer gustarle pero él te dice
si quieres vamos a mi cuarto o a tu cuarto

Lleváis apenas 10 minutos
con los besos no te fías
de él

Querer sexo pero no fiarse

Ah, ¿pero querías algo auténtico?
Y sin precauciones, estoy decepcionado

Me dijiste que tenías el corazón atado
al tobillo

Lo siento lo solté un momento me dormí
y se me escapó

Es un desobediente
Muy mal muy mal pídele perdón al chico

Perdón

chico

Síguenos en Facebook para estar informado de la última hora:

NOTICIAS RELACIONADAS

Comentarios