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DOCUMENTAL SOBRE MICHAEL HANEKE

Michael H., el monstruo

El director francés Yves Montmayeur escarba bajo el rostro enigmático del director austríaco Michael Haneke. Montmayeur recorre de manera retrospectiva la obra del cineasta galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en un documental titulado ‘Michael H.' que acaba de estrenarse en cines

oct 30 / 2013

Cualquiera podría pensar que la pulsión tras las películas de Michael Haneke (Múnich, 1942) tiene algo enfermizo o, al menos, consigue que enfermemos un poco. Las historias que propone invaden las emociones del espectador y bloquean cualquier capacidad de razonamiento. Sentimos asco, compasión, temor, náuseas, amor, pero cuesta descifrar por qué. La degradación del ser humano llevada al extremo. Sí, al extremo, porque según este cineasta austríaco, «para que funcione una película catastrofista, esta debe ser extremadamente violenta, para que el espectador piense “no puede pasarme a mí”».

Ya se ha dicho todo de Haneke, aunque ese todo, en realidad, es muy poco. No porque no lo hayan intentado, sino porque al filósofo y psicólogo no le gusta hablar de sí mismo. Cómo Haneke ha llegado a ser Haneke es un misterio, ha borrado las huellas de cómo se ha hecho a sí mismo igual que borra las huellas de cómo ha hecho sus películas. No le gusta dar explicaciones, aunque el recién estrenado documental de Yves Montmayeur intenta escarbar bajo ese rostro siempre incrustado entre esa barba y esos cabellos blancos y unas cejas negras y desordenadas.

El francés recorre de manera retrospectiva la obra del cineasta galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. ‘Michael H.’ se titula, con el peso sobre Michael, no sobre Haneke. Cámara al frente y que el hombre, y no el cineasta, se muestre como es.

MichaelHaneke

Sin embargo, cuando vio terminado el documental, aseguró que se veía en él como un monstruo. Montmayeur reconocía en un artículo publicado en El Cultural que Haneke hace consigo lo mismo que hace con sus películas: «Juega a la confusión constantemente, disfruta proyectando una imagen de él que quizá no se corresponde a la realidad».

Las lecciones de Haneke

Él se describe con un hombre normal, con una vida normal, que no necesita un psiquiatra, pues puede canalizar sus miedos y traumas a través de sus películas. Quizá Michael, incapaz de olvidarse de Haneke, el personaje que ha creado para sí mismo, no puede dejar a un lado el juego de las lecciones. Si con sus películas pretende que el espectador sea consciente de que todos tenemos un monstruo que en cualquier momento puede devorar a la persona que alguna vez fuimos; si con ellas pretende hacer que nos demos cuenta de que incluso la familia más feliz e idílica puede hacer cosas que nunca pensó que haría para salvar su vida; si con ellas pretende que veamos hasta qué punto consumimos violencia sin vomitar por ello, con sus desconcertantes incógnitas sobre su pasado, Haneke intenta darnos otra lección: la manera en que los seres humanos buscamos desesperadamente justificar la toxicidad de aquel que muestra el horror, como si solo pudiese provenir de una mente enferma. Ya lo dijo David Lynch en su reciente visita a Madrid: «Un artista no tiene por qué sufrir para mostrar el sufrimiento». De lo que se puede deducir que un artista no tiene por qué ser un monstruo para mostrar cosas monstruosas.

Para dejarlo claro, el director y guionista asegura que sus historias «no provienen de la imaginación, sino de una cuidadosa observación de la realidad». En ese caso, cabe preguntarse qué percepción de la realidad tiene Haneke para que todas sus películas tengan esa brutalidad, explícita como en ‘Funny games’ o sigilosa como en ‘La cinta blanca’ o ‘Caché’. «Existe el mal. Todo ser humano sabe cuándo lo practica. Pero cada acto violento es fruto de una herida, nadie por sí mismo quiere dañar a nadie», argumenta.

«Tengo miedo a sufrir

Cuesta entender ese relativismo por el que aboga Haneke, sobre todo si pensamos en películas como ‘Funny games’ (1997) o ‘La pianista’ (2001). En la primera, la violencia irrumpe en la tranquilidad de una familia. A Haneke le encanta incomodar a la burguesía. Y para ello emplea una mezcla de sadismo y humor cuyo resultado es aterrador y desconcertante. Violencia por violencia, el mal porque sí.

En la segunda, el joven estudiante de piano sufre un irrefrenable deseo hacia su profesora, que sufre graves desórdenes de personalidad. Le pide que haga con ella lo que le apetezca, parece que lo único que la excita es agradar al otro a través de la vejación voluntaria. Llegado el momento, la protagonista sufre una esquizofrenia emocional entre lo que ella creía que quería y lo que realmente quiere. Le dice que no, vomita practicándole sexo oral y él, que parecía tan encantador y comprensivo, no tiene reparos en violarla y darle una paliza cuando ve que, por fin, ella es vulnerable.

Haneke se erige como un genio del distanciamiento, parece posicionarse por encima del bien y del mal para contarnos qué es el horror: «Rechazo la idea de que deben suavizarse las dificultades de este mundo», reconocía en un fragmento del documental. El austríaco, sin embargo, sí da una pista de esa filia suya por retratar el desfase inhumano entre humanos: «Tengo miedo a sufrir, por eso me interesa representar el sufrimiento a través de las imágenes».

Y entre tanta obscenidad moral, el cineasta se olvida del monstruo y nos reta a amar: «Es posible encontrar dignidad en el dolor a través del amor y de la compasión. Es difícil. El amor es lo más difícil». No habla Haneke, habla Michael.

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