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REPASO A SU CARRERA

Wes Anderson, el bicho raro del cine

El mundo que el cineasta inventa solo existe en la gran pantalla, así que por qué no zambullirnos en esa hiperbólica belleza donde el amor no puede ser cuestionado y la muerte puede ser cómica. Una vez más, como en sus anteriores películas, Wes Anderson vuelve a elogiar la excentricidad en 'The Grand Budapest Hotel'. Personajes insólitos para un mundo a veces insólitamente aburrido

mar 29 / 2014

Durante nuestra infancia nos inculcan que madurar implica seriedad, que hay que limar las excentricidades y caer, queriendo o no, en la enfermedad de la monotonía: la idealización de una vida sin sobresaltos. En este punto, Wes Anderson es un valiente. Un bicho raro que reclama el derecho a serlo y permite que sus personajes lo sean sin despertar la sorna en el público; todo lo contrario, la admiración.

En su última película, 'The Grand Budapest Hotel', lo vuelve a hacer. Vuelve a crear un microuniverso para sus personajes insólitos y extravagantes donde la rareza es fértil. En esta ocasión cuenta la historia de un conserje de un hotel decimonónico que es acusado del falso asesinato de una octogenaria, una de las huéspedes habituales.

Él y su fiel 'lobby boy', Zero, recorren la Europa Central de entreguerras intentando sortear los obstáculos. Y entremedias, la película se desgaja para mostrar un montón de pequeñas historias: el amor entre Zero y Agatha la pastelera, la llegada de Monsier Gustave a la cárcel (ni ahí pierde sus modales de señor amanerado, de 'dandy'), las ansias de venganza del malvado hijo de la anciana asesinada o la llegada del nazismo al hotel austrohúngaro. Curiosa representación de esto último por parte del cineasta, ya que ni siquiera deja que la realidad histórica ensucie su idílico mundo. El mundo de Wes Anderson será como Wes Anderson quiere o no será. Y en su adulterada visión, el nazismo se viste de rosa.

HotelNaziBudapest

Más allá de la estética melosa y barroca, es la primera vez que Anderson trata la lucha entre el bien y el mal. Por una parte, Monsier Gustave se presenta como un hombre que busca preservar una época y un lugar que ya están perdidos, infectos, tanto por el mal colectivo (la guerra, los militares) como por el individual (el hijo de la octogenaria asesinada y su esbirro). Y todo ello con unos personajes 'dickensianos', como unas caricaturas de sí mismos: el bigote afilado y el pelo tieso y negro del malo malísimo, el maquillaje y la vestimenta pomposa de la vieja rica o la preocupación prioritaria en cualquier situación de Monsier Gustave de echarse su colonia favorita.

La contradicción de Wes Anderson

La vida es complicada, pero para los bichos raros lo es incluso más. Sobre todo cuando tienen que enfrentarse a los adultos, aburridos, que convierten sus diferencias en disparates o, peor aún, en patologías que hay que erradicar. No para Wes Anderson. El cineasta dibuja para ellos un mundo en el que los raros son los que se sienten cómodos y son los demás los que están incómodos. El rey de la contradicción: sus historias son simples, pero sus personajes complejos; el trazo de la bondad y la maldad es infantil, como en los cuentos, pero los detalles en sus trazos son infinitos.

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Fotograma de 'Moonrise Kingdom'

GHBAdrienBrody

Fotograma de 'The Grand Budapest Hotel'

Y sus planos… bien, sus planos son, quizá, la mayor contradicción: tan escrupulosamente ordenados y simétricos que resultan sencillos.

El amor

En las películas de Anderson siempre hay amores incomprendidos: un conserje al que le atraen las mujeres arrugadas y viejas, una pastelera con una mancha en forma de México en la cara y un 'lobby boy' que se ven a escondidas ('The Grand Budapest Hotel'); un niño huérfano y una niña que detesta a su familia que se enamoran y se fugan juntos ('Moonrise Kingdom'); o dos hermanastros que se aman en secreto mientras suena 'These days' de Nico ('The Royal Tenenbaums').

TheRoyalTenenbaums

Fotograma de 'The Royal Tenenbaums'

Hay quienes creen que el cine de Anderson es fácil, digerible, rápido. Sin embargo, en sus largometrajes se abordan temas como el suicidio, las toxicomanías, el incesto, el despertar del amor y el deseo en dos críos, la ambigüedad sexual o la aversión de una hija hacia una madre. Siempre sin melodramas ni dramatismos, pero sí teatralizando. Anderson no es de los que dan concesiones a la realidad para que esta se cuele tal cual es.

En un mundo con tendencia a no creer en la bondad humana y a que esta sea objeto de burla e ironía, este cineasta se refugia en una belleza hiperbólica de colores y perfección geométrica donde el amor no puede ser cuestionado y la muerte puede ser cómica. Wes Anderson, el bicho raro, tiene un lugar seguro: el cine. Y su cine es nuestro lugar seguro.

MoonriseKingdomLove

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