Sexo

RELATO SEXUAL

En el interior de mi cabina

Como cada noche escapaba diez minutos antes del trabajo. Meses antes me había quedado hasta tarde en la oficina por lo que Joaquín nunca se había percatado de mis vicios sexuales.

ene 01 / 2018

Llevábamos juntos más de quince años. Nos conocimos en el instituto, donde salimos del armario. Yo bisexual y él gay. Los comienzos no fueron fáciles. Nos señalaban con el dedo por ir cogidos de la mano y hasta tuve que aguantar que mi ex novia, por despecho, fuera contando a todo el mundo que la tenía pequeña sólo por haberla dejado por un tío.

Los años fueron pasando y aunque mi familia siguió sin mirarnos a la cara aprendí a relativizar los problemas y cobijarme en el abrazo de Joaquín. Tal fue la sobreprotección de este hacia mí que con el tiempo me convertí en su amigo del alma, en un hermano pequeño, en su intocable. El sexo hacía tiempo había pasado a un segundo, o tercer, o cuarto plano. Hasta que abrieron aquel local entre la Calle Carnicerías y la Avenida de las Flores.

Una tarde lluviosa y un tremendo dolor de huevos fueron elementos básicos para querer escapar de mi realidad entre unas cuantas copas de whisky. Pensé que era un local normal. Oscuro pero normal. Parecía lujoso. El olor a canela, las notas de un piano y las cortinas de terciopelo. Me va a costar un pico, pensé. Sin embargo, el precio a pagar fue el de mi propia vida.

-¿Quiere usted tomar algo más?- Susurró una delicada voz femenina a mi oído derecho.

-No gracias. Debo volver a casa.

-Espero que coja un taxi después de las cinco copas que se ha tomado.

La mujer me miró infinitamente a los ojos y se cruzó de piernas. No llevaba medias y por su apretado vestido vislumbré que tampoco bragas. Su sonrisa la vestía perfectamente de los pies a la cabeza coronados por unos altos tacones dorados. Era una mujer muy atractiva. Algo hace años dormido en mi interior provocó unas ganas tremendas de tener sexo con aquella mujer. Antes de que pudiera decir nada la chica se levantó y traspasó las cortinas moradas.

Me levanté a prisa y dejé un billete de 50 euros sobre la barra. La seguí en la oscuridad de un estrecho pasillo. Un arco y una tenue luz roja me guiaron hasta la salida. Una chica en la puerta preguntó cuantas monedas quería. Le dije que cuatro. Serían 40 Euros. Comprendí; acababa de pagar por un espectáculo en un Peep Show.

Mi cabina era pequeña. Tenía varias servilletas con un divertido dibujo con las diferentes posturas del kamasutra. Metí la primera moneda y subió la cortina.

Delante de mí se encontraba la mujer de la barra. Deslumbrante. Una alta coleta rubia coronaba un cuerpo de diosa. Sólo vestía lencería. El sujetador estaba tejido con pequeños brillantes que centelleaban cuando las luces de la sala chocaban contra él. Un diminuto tanga permitía ver todo su culo redondo. Bailaba sobre una cama redonda de sábanas púrpuras. Me quedé embelesado viendo tanta belleza. No quería masturbarme, sólo mirar, pero cuando se quitó el sostén no tuve más remedio.

Dejó ver en todo su esplendor unos enormes senos. Parecían operados por sus redondeces. Los pezones rositas y puntiagudos hacían ver que ella también estaba cachonda. Me bajé la bragueta y comencé a tocarme suavemente. La ventana bajó y metí la segunda moneda.

Esta vez me miraba con cara de viciosa mientras se estrujaba los pezones. Se puso de espaldas a mí, a cuatro patas, y deslizó hacía un lado el tirachinas que se había colocado entre las nalgas. Llevaba años repudiando las vaginas pero en ese momento me entraron unas ganas locas de pasar mi lengua desde el monte de Venus hasta lo más interno de sus glúteos...Volvió a cerrarse la ventana. Tercera moneda.

Una gota de sudor resbalaba por mi cara mientras la mujer metía en su interior un vibrador de grandes dimensiones. En otro momento de mi vida sólo me habría fijado en el tamaño de ese gran pene pero ahora, no podía dejar de mirar los gestos de su cara mientras se daba gusto a sí misma. Cada vez que lo sacaba de su interior estaba más mojado y yo más cachondo. Diez minutos después, volvió a cerrarse la ventana.

Llevaba más de media hora tacándome con esa mujer. Debía darme prisa pues en sólo cinco minutos sería sustituida por otra. Ahora ella lo estaba gozando con juguetitos anales. Totalmente dilatada. Me vine tan arriba al pensar en tirarme ese culo que dejé sin existencias las servilletas de mi cabina.

Salí renovado del local. Más feliz pero con un pensamiento turbio hacia mi homosexualidad. Día a día terminaba mi jornada enamorado del cuerpo de aquella mujer. Desenamorándome del de Joaquín. Mi relación y mi economía no resistirían mucho más. Debía salir de nuevo del armario y esta vez en contra de todo y de todos. De momento, me sentía a resguardo en el interior de mi cabina. Calentito y enamorado de la bailarina de aquel Peep Show.

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