Sexo

A Pablo siempre le había gustado cocinar pero sus guisos no eran para morir de placer. Eso sí, nunca los había probado sobre mi cuerpo. Aquella cena la degustamos con la lengua más que con la boca… Jamás me había quedado tan llena después de un polvo…

¡Qué aroma más agradable! -pensé mientras subía las escaleras del piso-. Toqué el timbre de la puerta y apareció mi novio vestido tan sólo con un delantal y dejando su culo graciosamente al aire. Una carcajada salió de lo más profundo de mí garganta…

-¿Pero qué haces medio desnudo?

Por un momento pensé que mi chico sería mi cena, pero todo lo contrario. Esa noche, la cena sería yo.

Me propuso tumbarme encima de la mesa, sobre el mantel pero no sin antes quitarme la ropa. Fue poco a poco. Se deshizo de mi vestido de lino color crema y de mis braguitas de algodón. Era final de agosto y aún hacía calor. Mis muslos sudaban verano mientras mi boca seca gritaba agua. Estaba sedienta de Pablo.

Sin cubiertos, sin servilletas. Pablo fue poco a poco poniendo diferentes bocados sobre mi cuerpo. Brocheta de pollo aderezada con pimiento y cubierta de vino de Oporto en mi vientre. Pastelitos de caviar iraní y trufa en los pezones. Crema de pera caramelizada cayendo por mi entrepierna.

Comenzó por la parte de arriba. Con cada bocado se erizaban mis pezones. La mezcla de olores, el palpitar de las velas y su lengua sobre mi cuerpo creaban un aura de sexualidad que no había experimentado en la vida.

Por una parte me encantaba lo que me estaba haciendo. Ver como gozaba comiendo sobre mí, chupando cada poro de mi piel, mordisqueándome las tetas. Era tan agradable que no quería que parase nunca. Por otra parte estaba ansiosa de sexo, de tenerle dentro de mí y de que me hiciera el amor sin contemplación.

Bajó poco a poco hasta mi vientre. Mi vello se erizaba sabiendo lo que venía. Con el postre se ensañó. Su lengua salía y entraba de mi cuerpo. De arriba hacia abajo. En círculo. Se paraba en mi culete para morderme los carrillos para volver luego a deslizarse por mi entrepierna. El placer era tan inmenso que llegué al orgasmo con Pablo inmerso en mis muslos. Le apreté tan fuerte la cabeza que tuvo que morderme con malicia para que fuera consciente de que le estaba ahogando.

Aún no había terminado conmigo. Me dio media vuelta colocando mi trasero al borde de la mesa y dejando mis piernas en el suelo. Separó mis tobillos y comenzó a penetrarme haciendo gritar hasta las patas del mueble. Mi postre entero fue él. Me sentí tan llena de placer que aquella noche no probé sus platos. Seguro que estaba todo delicioso pero no más que el licor ardiente que emanó de su cuerpo para quedarse en mi boca. Todo un placer culinario.

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