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Relato sexual: El cajón secreto de Lili

Estaba claro que mi chica aparte de guapa y lista, sabía muy bien cómo disfrutar la vida, cómo disfrutar del sexo, cómo abrir un cajón lleno de objetos que me habían devuelto la vida.

dic 23 / 2017

Llegó hace tan sólo un par de meses. Viajó a Madrid desde Lyon. Había conseguido su Erasmus para aprender su español debido a sus magnificas notas. Yo era un cafre que trabajaba por horas en una pizzería como repartidor. Después de tres pedidos y un par de sonrisas me dio su número de teléfono.

Aquella noche me preparé como si fuera al Baile de la Rosa de Mónaco. Durante la cena Lili hablaba sin parar. En ocasiones incluso en mejor castellano que el mío. Soñaba con viajar a Australia y ser una gran arquitecta. Amaba el teatro y la danza y según las fotos de su Instagram, se abría de piernas que daba gusto. Puede parecer soez pero es lo que hacen las profesionales que se dedican a la gimnasia rítmica.

Embobado escuchaba cada una de sus palabras o más bien las oía mientras pensaba, ¿qué se le habría perdido a Lili con semejante personaje como yo? Ella decía que los hombres españoles le resultaban especialmente calientes. Aluciné cuando me contó que había perdido la virginidad a los 16 años con un cordobés pero desde que se que enganchó al varón malagueño pasaba todos los veranos en Marbella.

No se cortaba nada al hablar de sexo. Estereotipos aparte. Nunca pensé que acabaría liándome con un tipo de mujer como ella pero según se vaciaba la botella de vino aumentaban las ganas de llevármela a la cama. Era recíproco. Su pierna derecha se estiró hacia arriba y caminó sentada desde mi muslo hasta el paquete. Palpaba con la planta de sus pies todo mi miembro mientras se enjuagaba los labios con su propia saliva. Iba siendo hora de pedir la cuenta.

Su casa estaba en el barrio de Villaverde, a las afueras. Era más amplia que la mía que vivía en el centro. Tres grandes habitaciones dos de ellas ocupadas. La primera por una mujer separada de unos 45 años y la segunda por Beto. Roberto era un chico gay que hacía de madre de ambas. Aquella noche charlamos en familia. Lili, Beto, María y un curioso perro llamado Lucho. Al llegar a casa sentí que me estaba enamorando de esa mujer.

Dos cines, cuatro cañas y un par de viernes por la noche. Había algo raro en ella que me frenaba. Hablaba de sexo de una manera tan desinhibida que llegué a pensar que para ella era algo usual, como comer paella o beber agua del grifo. Nuevamente me estaba equivocando.

La tarde del martes por la noche le llevé pizza para quedarme en casa. Todo estaba vacío. Tan sólo Lili enroscada en una toalla recién salida de la ducha. No nos pudimos evitar. Nos habíamos enrollado un par de veces pero jamás nos sentimos de tal manera. Se tumbó sobre la cama y aparté la tela de su cuerpo, aún húmedo y escupiendo vapor. Lili era increíble. Sus curvas impresionantes. Unos pechos grandes que descansaban sobre la parte superior de su abdomen. Anchas y huesudas caderas y una carrera de pelusa sobre su monte de Venus. Un estereotipo menos. Pensé.

Deseaba lamer esa parte de su cuerpo y tras varios choques de lengua bajé hasta su vagina para comérmela entera. Sabía tan fresca, tan limpia, tan a mujer que era incapaz de separar mi cabeza de su cuerpo. Ella gemía y levantaba el culo. Aguantó unos minutos hasta que decidió de un tirón de pelos despegarse de mí. Aún no quería que llegara su momento.

Se levantó para coger algo del cajón. Parecía un cohete en tamaño reducido. Algo así como una bala blanca, señaló Lili. Ella lo llamó ''balín''. Giró su base y comenzó a vibrar. En ese momento lo entendí todo. Mientras utilizaba su juguete pasándoselo por la vagina, el clítoris e incluso rozando el ano, yo me masturbaba. ¡Qué remedio! Ambos nos lo estábamos pasando teta, y nunca mejor dicho, hasta que ella decidió ponerle fin. No me refiero únicamente a que llegara al orgasmo. Después de quedarse tan a gusto y mientras yo me ponía el preservativo, se colocó las braguitas y dio un buen bocado a la pizza. No daba crédito a la situación. Me había sentido utilizado. Como un clínex de usar y tirar...Me hizo exactamente lo mismo que había hecho yo con normalidad con el resto de mis parejas.

¡¡¡Qué cruel es el destino que me jugó tan mala pasada!!! Por suerte aprendí de la jugada de Lili y en sucesivas ocasiones fui yo quien controló a su pequeño amigo. En su cajón pude encontrar además diferentes tipos de vibradores, bolas chinas, lubricantes y hasta perfumes de feromonas. Estaba claro que mi chica aparte de guapa y lista sabía muy bien como disfrutar la vida, como disfrutar del sexo, como abrir un cajón lleno de objetos que me habían devuelto la vida.

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