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RELATO SEXUAL

Relato sexual: Moldeado por Anna

En las últimas tres ocasiones casi acabo en el hospital. Es lo que ocurre cuando juegas con el mismísimo fuego y no de forma literal.

ene 08 / 2018

Anna estaba totalmente loca. Sus idas y venidas también hacían estallar mi cabeza pero si no fuera por esos momentos en los que me hacía respirar el mismísimo cielo pensaría que era la tía más tarada del mundo. Estar con Anna suponía vivir al límite, creer que igual si hoy no lo hacíamos mañana tampoco se podría. Ella era especial y conseguía hacer de mí una persona mejor.

Andar sobre las cuerdas a veces era entretenido pero en otras ocasiones daba realmente miedo, sobre todo cuando Anna quería sexo. En las últimas tres ocasiones casi acabo en el hospital. Es lo que ocurre cuando juegas con el mismísimo fuego y no de forma literal.

Anna amaba este elemento. Ella quemaba y desde lejos se notaba su calor. En invierno era imposible tener frío acostado en su vientre. En verano el sudor mojaba las sábanas. Si había algo que solía estremecerme de ella era cuando cogía las velas. Aromáticas o no eran especiales para Anna y para el deleite de mi piel. Para su propio deleite.

Uno de los elementos esenciales cuando teníamos sexo eran precisamente las velas. Me encantaba la manera con la que masajeaba mi torso con los aceites que emanaban de su combustión. Ardientes al principio, candentes poco a poco hasta templar mis ansias de emprender una batalla contra ella por haber quemado mi pecho. Sus manos seguían jugando entre el vello rizado de mi cuerpo. Con los brazos estirados solía comerme entero el pene. Desde el principio hasta el final. Pasando su lengua desde lo más oscuro de mi sexo hasta el palo mayor. Me estremecía la manera con la que sus pechos jugaban a escaparse de su sostén. ¡Qué deliciosa forma de sufrir con tanto ardor!

Cuando acabada extasiada de tanto movimiento bucal subía hasta besarme en los labios y coger nuevamente las velas para hacer, esta vez, un mosaico de colores con la cera sobre mi espalda. Ahora el masaje se centraba de hombros a glúteos. Deseaba hacerle el amor sin parar. Cada vez que me hacía este daño sutil quería más y más que me sintiera dentro.

Me di la vuelta y comencé a masajear sus pechos con la misma ansiedad con la que deseaba ponerla debajo de mí para penetrarla con la misma fuerza con la que la cera había roto mi piel. Enredados el uno con el otro nos permitíamos quedarnos pegados minutos eternos cuando me iba sobre ella. Una cera diferente pero también caliente con la que no solía jugar pero que le encantaba sentir sobre su piel. Un líquido diferente al de los ungüentos y aceites con los que me amasaba el torso pero igualmente cálido y con el elemento básico del sexo del hombre.

Anna sabía hacerme doler de placer y yo había encontrado la manera con la que esculpir su sexo sin necesidad de cera. Ella era mi media naranja, la que nunca me pondría los límites, la que me había moldeado a su manera.

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