Sexo

RELATO SEXUAL

Un viaje a 40 grados

Desde Cáceres hasta Salou. Esta era la ruta que nos llevaría a Raúl y a mí hasta nuestras ansiadas vacaciones. Cuarenta grados en el exterior que se pegaban a nuestra piel y a pesar de que el aire acondicionado del coche enfriaba el interior, nuestros cuerpos cada vez estaban más calientes...

jul 14 / 2017

Llevábamos más de tres horas de viaje cuando le dije a Raúl que tenía que ir al baño. No aguantaba más. Las dos botellas de agua y un café a las cinco de la mañana estaban haciendo su efecto.

La gasolinera se encontraba en un paraje solitario en donde los hierbajos parecían querer arrancarse de la tierra antes de acabar secos por el sol. Volví del aseo con hambre. Creía que era sólo de chocolate pero mi subconsciente deseaba otra tableta distinta.

De nuevo en el coche me senté en la parte trasera. Raúl giró la mirada y preguntó: ¿Por qué te pones atrás? ¿Piensas que soy tu taxista? Sonreí mientras me metía en la boca una onza de cacao. Al saborearlo se escaparon de mi garganta pequeños gemidos orgásmicos provocados por el azúcar.

Mi ahora conductor ya se había puesto en marcha. Podía ver sus ojos verdes a través del retrovisor del coche. Raúl y yo nos habíamos conocido meses antes en unas charlas de inglés. Habíamos quedado en Salou con una pareja de londinenses que nos hacían gracia. En realidad buscábamos enrollarnos con ellos no intercambiar conversaciones. Yo con él chico y Raúl con la inglesa. Cada vez que corría el cuentakilómetros me negaba más a compartir a mi acompañante.

La chocolatina en vez de endulzarme me había puesto aún más picante. Tenía unas ganas inmensas de tirarme a Raúl, en el coche a plena luz del día. Él nunca me había negado nada hasta el momento. Algunas de mis amigas incluso pensaban que yo le gustaba, claro que también se había follado a una par de ellas.

A mí me gustaba e iba a por todas. Sería sencillo. El escueto vestido de verano era fácil de subir, retirar o quitar por lo que, viendo que no paraba de cotillear por el espejo, comencé a masturbarme con el anular de mi mano derecha.
Primero fui poco a poco. Retiré mis labios vaginales y dejé respirar mi sexo. El tener los muslos redonditos habían dejado la zona caliente y sudada por lo que el lubricante me venía de serie.

Raúl seguía mirando y colocó el espejo para centrar la imagen un poco más en mi vagina. Al anular se le unió el índice y la fricción se hizo aún mayor. Apenas me estuve tocando tres minutos cuando Raúl se desvió en la primera salida. Después de un pueblo fantasma y un par de fincas giró el volante y paró en seco. Salió del coche para volver a entrar y sentarse a mi lado. Me cogió poniendo mi culo sobre sus piernas, apartó el vestido y mis bragas y me metió los dedos.

Mientras que me decía que disfrutara yo le miraba a los ojos, le quería besar, tocar su pelo pero no me dejaba. Cuando intentaba acercarme a él me cogía de la coleta para tirar de mi cuello hacía atrás. Sólo fue cuando llegué al orgasmo cuando me permitió comerle los labios.

Me senté a su lado y le bajé las bermudas. No quería masturbarle con la mano por lo que precipité la situación y metí su pene en mi boca. Debe ser que no se lo esperaba pues dio un respingo y un grito de placer que hizo eco en los páramos.
Volvió a tomar las riendas de la situación nuevamente cogiéndome de la cabeza. Él conducía el coche y también los movimientos de mi cuerpo. Cada vez más deprisa y desacompasado. Cada vez más cerdo y descuidado. Cada vez con más ganas de correrse.

La tapicería no sufrió ningún daño gracias a los clínex de la guantera. Había sido la situación más morbosa de toda mi vida y ni siquiera habíamos empezado el viaje. Sólo me inquietaba una cosa… ¿Sería capaz de enrollarse con la inglesa después de lo ocurrido?

Síguenos en Facebook para estar informado de la última hora:

NOTICIAS RELACIONADAS

Comentarios