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EL RAYO DISFRUTA SU INDEPENDENCIA

Balón contra el despacho

De cómo en el barrio recuerdan hace dos años, cuando con un pie en Primera, amenazaban cortarle el otro, cuentas en mano

feb 11 / 2013

Para acercarse a la realidad que dicta que el fútbol sólo entiende del ahora y de la victoria sólo hace falta echar un vistazo rápido al Rayo Vallecano. No hace ni dos años, sus jugadores estaban contra las cuerdas. Llevaban ocho meses sin cobrar —¡ocho!— y, pese a ir líderes en Segunda División, arrancando cada fin de semana un nuevo aval rumbo a Primera, amenazaron con encerrarse e incluso, desesperados, pusieron en jaque jugar un partido mediado el mes de marzo. Se había ido diluyendo el carácter de compromiso social que equivocadamente muchos gurús quieren encasquetar el futbolista para dejar al aire el esqueleto de una persona, normal y corriente, con mejor o peor nómina, a los que sus jefes y pagadores toreaban con una desvergüenza nefasta.

Como digo, no hace ni dos años. Temblaba el mandato de los Ruiz Mateos, que habían aburrido al obrero real —no ‘literaturizado’— con sus meneos al club, también partido en dos. Entre aquel mes de marzo, en el que tomó la palabra la afición, que se volcó como siempre con los suyos, y el mes de mayo, el Rayo cerró dos frentes: uno, el cambio de presidencia —entró Raúl Martín Presa, esperanza al comienzo y nuevo villano apenas cuarenta días después, cuando la promesa de la puesta al día de los salarios zozobró en pos de la Ley Concursal— y otro, el ascenso, de modo que coincidió realmente una nueva etapa deportiva con una nueva etapa de gestión y dirección. Por suerte, la herida cerró –dejando cicatriz- y el Rayo se encargó de disfrutar.

Le costó en el primer año, con Sandoval, en el que se salvaron al final y en fuera de juego. Daba igual, la afición seguía enganchada: quedarse a oírles cinco minutos en cada viaje, o vivir con ellos un partido en casa, da medida de otro nivel en cuanto a sentimiento de pertenencia de la identidad del club se refiere. No fue una temporada de demasiados aspavientos ni lirismos de nuevo rico, porque hacía unos meses, algunos jugadores habían dejado a los niños con familiares o pedido dinero a compañeros de vestuario porque no daban abasto con las deudas. No conviene perder nunca la perspectiva de que los futbolistas, como los funcionarios, los políticos o el vecino de abajo, son tan personas como nosotros, mal que pese a los demagogos de turno que se alimentan de la avaricia y la causa social adoctrinada.

De aquella se repusieron y ahora, con cambio de entrenador en verano —Sandoval hizo lo complicado, subir al equipo, y lo difícil, mantenerlo—, sí disfrutan de una Liga abierta y con los aspirantes a grande boqueando en la orilla. En una tabla sin alternativas firmes, emerge, por qué no, como una de ellas a puestos europeos, al menos. La historia del fútbol está henchida de historias así, de vueltas de página furiosas, de momentos de césped alejados de la naftalina y la crudeza de los sillones de cuero.

Por suerte, algunos de estos encontronazos entre futbolistas —y su representación— y dirigentes se saldan con los primeros salvando a los segundos y no al revés: otras, pesan más las deudas, y se aleja el sueño. Cuando el Rayo era líder de Segunda y se postulaba para lo que hoy enseña, estuvo a un pasito de caer otra vez en el pozo porque sus números sangraban, una responsabilidad que no se puede negar a quienes lo llevaban, pero tan obscenamente ajena a lo que el aficionado pide disfrutar en el campo, que al final, gusta ver cómo un balonazo puede romper también el doble acristalamiento de la ventana de un despacho.

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