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RECUERDOS DE LA CATÁSTROFE

Chernóbil: Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

En Voces de Chernóbil, la reciente Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich reúne de una forma impecable un coro de testimonios que relatan lo que realmente supuso la catástrofe nuclear más allá de la física y del hormigón. La voz contra el átomo, la humanidad haciéndose literatura

ene 29 / 2016

El abismo nació hace 30 años: una boca negra insaciable, una especie de tumba infinita. Aunque pueda parecernos extraño, las catástrofes tienden a acontecer en silencio. Tras el colapso en la central nuclear de Vladímir Ilich Lenin, la vida en las poblaciones colindantes seguía su curso, de forma normal y tranquila. ¿Cómo temer a un mal que no se puede ver ni tocar?

Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

Gerd Ludwig

"Cada uno encontraba alguna justificación. Alguna explicación. Yo he hecho el experimento conmigo misma. Y, en una palabra, he comprendido que en la vida las cosas más terribles ocurren en silencio y de manera natural."

Zoya Danílovna Bruk, 
inspectora del Servicio para la Protección de la Naturaleza

Casi veinte años después de su publicación, el entresijo de los cuarenta monólogos que pudieron al fin comenzar a contar su historia y formar parte del libro Voces de Chernóbil. Crónica del futuro de Svetlana Alexiévich, siguen prohibidos en Bielorrusia. Hoy, en los alrededores de Prípiat, la vida sigue, ajena al dolor y a la memoria. Las raíces y los animales se han apoderado de los restos de la obra de la mano del hombre. De la espesura aparecen animales adentrándose una y otra vez en la ciudad. La belleza de lo salvaje entremezclado con la urbe. Solo que ya no queda voz, no se ve ningún cuerpo. La autora se pregunta: ¿Existen las palabras adecuadas para contar acerca de esto?

Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

Gerd Ludwig

"No sé de qué hablar. ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?"

Testimonio de Liudmila Ignatenko
Esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko

Quizás los hijos de la radiación no hayan escrito un diccionario repleto de términos precisos para definir lo que ocurrió en Chernóbil, pero sí han tenido el valor de recordar. Muchos dicen que no sirve ni servirá para nada. Algunos insisten en seguir buscando una lógica, una respuesta, algo para calmar el dolor y la incertidumbre. Otros han vuelto a enterrar las manos llenas de semillas en la tierra mezclada de muerte, ya no tienen nada más que temer. Para ellos, la vida acabó el 26 de abril de 1986. La noche en que la luz se fragmentó en millones de partículas que terminarían habitando (y acabando, en la mayoría de las veces) la vida de miles de personas.

"Contra el átomo, el palo"

Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

Tres clases de radiaciones (alfa, gamma y beta) junto a una gota de sangre: la medalla de los liquidadores. 

Aunque ahora se reconocen por lo que son, unos héroes, a los liquidadores de Chernóbil se les ha tildado durante mucho tiempo de ignorantes. Pero si hay algo que descubrimos en el libro de Alexiévich es el amor a la patria de estos hombres que salvaron la vida a una nación y que protegieron el futuro de Europa. Aquí el coraje y el sentimiento de luchar y formar parte de algo sobresalen por encima del miedo y de la muerte. La mayoría ya no está, pero queda el testimonio de sus mujeres, de sus padres, de sus hijos. Científicos, ingenieros, campesinos, voluntarios… Hermanos que usaron sus mismas manos para combatir al letal enemigo invisible. 

Morir: aprender a volar

Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

Pedro Moura Pinheiro

"Pero llega mi madre. Ayer colgó un icono en la sala. Susurra algo en un rincón, se pone de rodillas. Todos callan: el profesor, los médicos, las enfermas. Se creen que yo no sospecho nada. Que no sé que pronto moriré. Ellos no saben que por la noche aprendo a volar"

Entre las páginas, las voces de los niños son las que más desgarran. Hablan con naturalidad, juegan al escondite, a perseguirse unos a otros llamándose cáncer. A ninguno le da miedo morir. Alguien les cuenta que después de la muerte seguirán despidiendo luz. Lo anormal sería salir del hospital, valerse sin muletas, no sentir el rechazo al decir que vienen de Chernóbil. A muchos de ellos tendrán que enterrarlos descalzos, lejos de sus familias, en un sarcófago de hormigón y zinc. Son las madres las que se llevan la peor parte. Exiliadas y viudas, les suplican a sus hijos que mueran en verano, que la tierra es más blanda, no hace frío y es  más fácil deshacerse. A ellas les tocará aferrarse, buscar el amparo bajo un término que no existe. ¿Cómo pasa a llamarse una madre cuando pierde a su hijo?

Las voces que desprenden luz más allá de la muerte

"Nos marchamos.

Quiero contarle cómo se despidió mi abuela de nuestra casa. Le pidió a papá que sacara del desván un saco de grano y lo esparció por el jardín: "Para los pajarillos de Dios." Recogió en un cesto los huevos y los echó al patio: "Para nuestro gato y para el perro." Les cortó unos trozos de tocino. De todos los saquitos echó las simientes: de zanahoria, de calabaza, de pepinos, de cebolla. De diferentes flores. Y las esparció por el huerto: "Que vivan en la tierra. Luego le hizo una reverencia a la casa. Se inclinó ante el cobertizo. Recorrió los manzanos y los saludó a cada uno.

Y el abuelo se quitó el gorro cuando nos marchamos."

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