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ESTACIONES EXPERIMENTALES

Los científicos que murieron de hambre rodeados de comida

A simple vista, puede que nombres como los de Nikolái Vavílov y Olga Voskrensenkaia no te suenen ni te digan nada. Pero detrás de sus nombres y apellidos viene una vida entregada por completo a defender su investigación y sus ideales. Ellos son algunos de los doce científicos que murieron protegiendo la estación experimental de Pavlovsk en Leningrado del asedio atroz de los nazis, de la enfermedad despiada del hambre

abr 10 / 2015

We will go into the pyre, we shall burn, but we shall not retreat from our convictions

Nikolái  Vavílov 

We made our oath to Vavílov
we'd not betray the Solanum
the acres of asteraceae
to our own pangs of starvation

When the war came, The Decemberists

Hay un tipo de semilla que es capaz de pasar muchísimo tiempo sin germinar para evitar la extinción, para que siempre exista un banco de simientes en el suelo. Son las llamadas semillas duras. El trébol subterráneo, entierra sus propias semillas cuando se encuentran en pleno proceso de maduración como si clavara un arpón en la tierra para que no puedan ser devoradas por los animales que pastorean por la zona. Hay semillas que se enganchan en el lomo de un trashumante para germinar a miles de kilómetros del lugar donde se cayeron.

Trigo y cebada se colocaban en pequeñas urnas como ajuar al lado de los cuerpos ya embalsamados de los grandes faraones egipcios, para que en la otra vida tuvieran semillas con las que cultivar la nueva tierra y poder alimentarse. Incluso se ha fantaseado mucho con que algunas de esas semillas de trigo después de miles de años seguían conservando su fertilidad.

Los babilonios hablaban del lugar donde enterraban a sus muertos como de un sitio donde el polvo es un nutriente y la arcilla, alimento. En quechua, la palabra 'mallqui' significa a la vez momia y semilla. La muerte y la vida, un mismo punto de sutura donde vuelve a empezar lo que acaba. El que se marchaba daba lugar al nacimiento, a la raíz en la nueva tierra. Podríamos decir entonces que nunca moriría.

En las entrañas de las SS, los alemanes llegaron a tener un comando con un fin bastante particular: recolectar recursos fitogenéticos en territorios ocupados, y en especial, apoderarse de toda la colección de la estación experimental de Leningrado, Pávlovsk. Bajo la dirección de Heinz Brücher, teniente, botánico y genetista, el comando Sammelkommando, a pesar de arrasar las estaciones experimentales agrícolas de Crimea y Ucrania, nunca consiguió arrebatar a Leningrado del tesoro que escondía la estación experimental en sus sótanos. Pero las SS, no eran el único enemigo del que se tenía que proteger esta valiosa colección y banco de germoplasma.

Nikolái Vavílov

Nikolái Vavílov

Dar la vida por un ideal

"Quizás perezcamos en la hoguera, pero nunca renegaremos de nuestras convicciones", declaró Nikolái Vavílov, etnobotánico y director de Pavlovsk, un hombre de ideas firmes, fiel al socialismo, dedicado a la ciencia, amante de la agricultura, y con un ideal que defendió con su trabajo y con su vida: la de acabar con la plaga letal que arrasaba su país, el hambre.

Mientras sus compañeros científicos y estudiantes del instituto daban su vida en los sótanos por las semillas, Vavílov murió de hambre en la cárcel de Saratov. Lysenko, un científico respaldado por Stalin y que se convertiría en director de biología soviética bajo su mandato, y su empeño de convertir a Rusia en un jardín del edén agrícola sentenció a Vavílov y consiguió que incluso se prohibiera la simple mención de los principios de la herencia de Mendel.

"En la ciudad, ningún árbol tenía corteza por debajo de la altura que podía alcanzar el hombre de mayor estatura. La habían arrancado para hervirla y aprovechar los nutrientes que pudieran contener, y también hacían con ella un ungüento para aliviar el dolor de estómago. Toda clase de animales —perros y gatos, gorriones y cuervos, ratas y ratones— sirvieron de alimento, y más tarde incluso se consumieron sus excrementos. Se hacía caldo con los bulbos de los tulipanes robados de los terrenos del instituto de Botánica, con agujas de pino, ortigas, coles podridas, piedras cubiertas de liquen, botones de cuerno arrancados de abrigos que antaño habían sido elegantes. A los niños se les daba de comer brillantina para el pelo, vaselina, cola de pegar. De las fábricas cerradas se sustraían las correas de piel de cerdo y la cola de pescado, que luego se hervían para obtener gelatina…".

Este es el panorama asolador que vivía Leningrado a principios de los 40. Miles de vidas arrasadas por la epidemia atroz del hambre. Más de 900 días de asedio y barbarie que relata la escritora Elise Blackwell en su novela 'Hambre'. Bajo la piel de uno de los científicos que custodiaron las semillas en los sótanos del instituto, Blackwell describe a través de sus páginas el dolor de estómago y la catástrofe.

Científicos que se jugaban la vida bajo el fuego alemán a campo abierto para arrancar (y rescatar) tubérculos de cultivos experimentales que rodeaban a la ciudad. Científicos que se prometieron a sí mismos no consumir ni una sola de las especies que formaban parte de la colección, aunque empezaran a picarse sus dientes, a llenarse sus brazos de edemas, a perder el pelo y la fuerza, a consumirse poco a poco.

Morir de hambre rodeado de comida por algo que ellos consideraban único y esencial para la supervivencia de la humanidad: la biodiversidad agrícola y genética. Olga Voskrensenkaia sucumbió en el sótano delante de una gran colección de patatas. Similar suerte corrieron A. G. Stchukin, especialista en cacahuetes, y D. S. Ivanov, especialista en arroz; G. K. Kreier, jefe de laboratorio, L. M. Rodine, guardián de la colección de avena, y otros trabajadores que murieron de hambre rodeados por miles de paquetes de granos, semillas y tubérculos que les podrían haber salvado la vida.

Héroes, que como dice la canción de When the war came, de The Decemberists, "hicimos nuestro juramento a Vavílov / de no traicionar a las solanáceas / los acres del asteraceae / a nuestras propias punzadas del hambre".

Y fueron fieles hasta la muerte, dejándonos como legado granos descendientes de los primeros babilonios, patatas de Sudamérica resistentes a la plaga de la patata (que causó en su día un millón de muertes por hambre en Irlanda), y permitiendo repoblar con sus semillas, regiones asoladas por la sequía y la guerra en regiones de Etiopía y Los Balcanes.

Más del 90 por ciento de las bayas y grosellas que se cultivaron en el instituto Pávlovsk no existen de forma silvestre en ninguna otra parte del mundo. Variedades, colores, texturas, sabores… diversidad que se ha ido, o mejor dicho la hemos dejado ir, por la imposición del monocultivo y el negocio de las semillas. Un patrimonio genético vital en nuestras manos que nació del amor por la ciencia y con el que siempre estaremos en deuda. Porque cuando miramos al suelo no todo se reduce a la hierba.

Nikolái Vavílov

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