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MAQUIAVELO A TRAVÉS DE LA TV

¿Quién dijo que las series políticas aburren?

De la viciosa Roma de 'Yo, Claudio' a los sangrientos despachos de 'House of Cards' la fórmula política en televisión es de todo menos aburrida. 'Borgen', la serie danesa que llega a España este fin de semana, se suma a esta apasionante antología sobre un género que suele provocar urticaria… Animaos a perderle el miedo

dic 08 / 2014

¿Una serie sobre política? ¿Estamos locos? Hace unos años decir que te gustaba una ficción de intrigas en la Casa Blanca, en Downing Street o en el Parlamento de turno (por no hablar de La Moncloa, imaginaos) era poco menos que un suicidio social, y no porque no las hubiera buenas sobre el tema (echemos un vistazo a la clásica Yo, Claudio, por ejemplo) sino porque… ¿a quién le interesa lo que hacen los políticos? Así fue hasta que empezaron a corromper e incluso a matar, con Frank Underwood, el congresista al que interpreta Kevin Spacey en House of Cards, como villano de cabecera, un enfoque que ha convertido el género en algo tan entretenido como perturbadoramente realista.

El estreno en España de Borgen, la ficción danesa que estrena Canal + Series el próximo sábado, sobre una diputada que asciende de un día para otro a Primera Ministra, es la excusa ideal para ponerse al día con estos maquiavélicos manuales políticos de los últimos años que ni aburren ni empachan. Todo lo contrario, son tan adictivos y sangrientos como críticos y oportunistas. Las portadas de los periódicos que tengamos más a mano superan con creces lo que pueda pasar en las series de televisión de las que hablamos hoy…

Primera Ministra por sorpresa

Los nórdicos se convierten poco a poco en referentes indiscutibles de la televisión, no solo por las peculiaridades culturales que les hacen bordar fórmulas como el thriller moderno, también por su ojo para criticar las grietas de la democracia europea. Borgen, la serie danesa que debutó en 2010 y que ha enamorado a los especialistas catódicos durante tres temporadas, es una imperdible del Viejo Continente especializada en política. Birgitte Nyborg es una diputada del parlamento danés nombrada Primera Ministra tras una intriga de la que es casi ajena.

A medio camino entre la política pedagógica que puso de moda El ala oeste de la Casa Blanca, para acercar al público un universo desconocido sin hacerlo demasiado mojigato, y el retrato de una mujer ambiciosa que aprende a sacrificarse tanto como a traicionar, en la línea de The Good Wife, Borgen es la opción perfecta para empollarse a Maquiavelo. Intrigas políticas de despacho y medios de comunicación y secretos familiares para disfrutar y además cultivarse.

House of Cards: la sangre llegó al río

Uno de los últimos éxitos que encabezan esta fiebre política es House of Cards, la serie con la que Netflix dio el salto a la liga de las grandes. Protagonizada por Kevin Spacey, dirigida por David Fincher (algunos capítulos al menos), creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) e inspirada en la visionaria serie británica homónima de 1990, House of Cards es un acercamiento oportuno, por la coyuntura social y económica, pero perturbador, sangriento y algo pasado de rosca a los tejemanejes en la Casa Blanca.

Narra el ascenso al poder Frank Underwood, un congresista despiadado que, ayudado por su manipuladora esposa, Claire (Robin Wright), hará todo lo que esté en su mano por medrar de camino al despacho oval. Inaugura un nuevo tipo de protagonista antihéroe (más anti que héroe) que curiosamente vemos día a día en los informativos: el político sin escrúpulos.

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El ala oeste de la Casa Blanca, piedra filosofal

Todas estas derivas del género se las debemos a El ala oeste de la Casa Blanca, para muchos un ladrillazo infumable y para otros la piedra filosofal de lo político en la historia de la televisión. La serie que emitió NBC de 1999 a 2006, a cargo del guionista Aaron Sorkin (lo conoceréis por La red social, o quizá por la malograda The Newsroom), es un caso de estudio por su influencia en el imaginario de los estadounidenses. Las entrañas de la Administración del presidente Bartlett (Martin Sheen) devolvieron a la audiencia, con las dosis de pedagogía e idealismo que caracterizan al creador, el interés y la esperanza por la figura de los políticos en una época tan complicada para la profesión como la del post 11S.

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El legado de The Wire

Tan influyente en las series que siguen la fórmula de El ala oeste, pero mucho más de culto, realista y crítica es The Wire, que nos descubrió desde sus tramas policíacas la relación entre la pobreza, el racismo, el tráfico de drogas y la corrupción institucional. Producida por el autor y periodista David Simon, la ficción de HBO es una radiografía social y política de la ciudad de Baltimore, donde trabajó durante años el guionista, un referente imprescindible para los que se han acercado después a los esqueletos enterrados bajo el ayuntamiento de turno. Entre The Wire y House of Cards merece una mención especial Boss, la serie de Starz que protagonizó Kelsey Grammer (Frasier), sobre un alcalde corrupto envilecido aún más por una enfermedad.

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Secret State y The Honourable Woman

Para los que prefieran acercarse a la política en pequeñas dosis la elección ideal es Secret State y The Honourable Woman, dos de las mejores miniseries británicas de las últimas temporadas, tan brillantes en sus enrevesadas tramas criminales como en su enfoque en cuestiones clave. La primera de ellas, Secret State, que debutó en la cadena ITV (Downton Abbey) en 2012, nos presentó a Tom Dawkins (Gabriel Byrne), un Primer Ministro británico que no duda en plantar cara a los bancos y las multinacionales (¿os suena de algo?) que amenazan su gobierno, a veces incluso con medidas nacionalistas que en la realidad resultarían más que polémicas.

SecretState

De The Honourable Woman, que caerá fijo en los rankings seriéfilos de 2014, hablamos hace unos meses como uno de los mejores estrenos del año. Creada por Hugo Blick (si os pica la curiosidad, produjo otra excelente miniserie de género negro, The Shadow Line) y con Maggie Gyllenhaal (El caballero oscuro) como protagonista, la ficción sigue las desventuras de Nessa Stein, una empresaria israelí que pone su vida en peligro por la paz en Oriente Medio.

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Kings y Tyrant, el encanto de la realeza

Las cosas de palacio… van fatal. Si lo tuyo es el culebroneo y los dramas familiares, Kings y Tyrant son la excusa perfecta para acercarse a la política un poco de soslayo, pues tratan los problemas de estirpes reales enfrentadas a sí mismas y al pueblo. Kings, de la NBC de 2009, una de las cancelaciones recientes más dolorosas, es una adaptación moderna de la leyenda bíblica del rey David, sobre un héroe militar víctima de las trampas del monarca Silas Benjamin.

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Con un punto de partida similar al de esta recomendable joya pero sin su particular mitología debutó hace unos meses en la cadena FX (American Horror Story) la serie Tyrant, con una segunda temporada en el horno a pesar de ser bastante fallida, sobre todo en lo político. Es la historia del hijo pródigo de un gobernante de Oriente Medio que debe hacerse cargo del país.

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Yo, Claudio y Juego de tronos: borrachos de poder

No hacen falta edificios institucionales ni democracias modernas para hablar de política, sobre todo si nos referimos al poder en mayúsculas, un concepto todavía más potente y huidizo: Yo, Claudio y Juego de tronos, dos momentos históricos de la televisión, son prueba de ello. Los más jóvenes quizá no sepan de Yo, Claudio, una miniserie que la cadena británica BBC emitió en 1976, sobre los entresijos políticos en la Roma de los emperadores, y que también triunfó en España. Una producción adelantada a su época a la que podemos aplicar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

YoClaudio

Este hito catódico sería una genial pareja de visionado junto a Juego de Tronos, el último triunfo de HBO. La adaptación de la saga literaria de GRR Martin es una transgresión genial en la forma de contar historias y un relato sangriento, tramposo y sin concesiones sobre la familia, la política y el poder. Dos series de televisión hermanadas con mucho en común y casi cuarenta años de diferencia para cerrar esta apasionante antología.

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