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SÓLO PUEDEN SER EL ÚLTIMO, O EL PRIMERO

Una de porteros

Keylor Navas y Claudio Bravo, que se vieron en Anoeta, son dos buenos exponentes del perfil más maltratado en el fútbol moderno

feb 18 / 2013

Con tanta insistencia han repetido algunos de los porteros más pintorescos de la historia que defender la puerta requiere un relevante porcentaje de espontaneidad irresponsable —bendita locura—, que el mensaje ha calado en los estratos de la sociedad más comprometidos con el fútbol y ha percutido en lo que a día de hoy significa la figura del arquero en el fútbol moderno: un estorbo, un monigote que desluce el espectáculo y además se siente insustituible, un cualquierilla millonario de labor simple y habitualmente sobrevalorada. Claro que los medios siempre fueron a los porteros más lenguarazes que dejaban el arco con la plancha por delante en las salidas, desvirtuando así el mensaje.

De los porteros callados no se ha sabido mucho. Los kilos de barro en los entrenamientos, los errores injustamente maximizados, las reticencias de los compañeros y la bochornosa picardía de los rivales al gesticular, son un desconocido para el aficionado medio, que no se explica por qué en esta jugada no bloca el balón y en aquella otra se queda bajo el larguero, colgado como un murciélago atontado, preponderando los reflejos a la anticipación. O son el primero, cuando triunfan, o son el último, cuando fallan: y esto último, por naturaleza, ocurre más a menudo.

El portero ocupa la más bella, singular y por tanto menospreciada demarcación que un futbolista puede ocupar en el campo. Y todo cuanto ganan o pierden jugando, refracta en el suplente, que además de todo lo señalado y mucho más, libra importantísimas batallas psicológicas contra sí mismo y su entorno. Las comidas familiares de un portero suplente son incomodísimas: es el único que no tiene nada de qué hablar, o al menos nada en lo que sienta que le vayan a comprender y apoyar sin ese toque distintivo de la condescendencia y la lástima que acompaña por decreto a quienes aguardan, con deportividad, que el elegido falle o que las cosas vayan mal en general para que el entrenador le mire a él.

Dos ejemplos en silencio

Keylor Navas y Claudio Bravo representan este estoicismo minusvalorado de banquillo. Coincidieron en Anoeta, en el Real Sociedad - Levante, porque al portero titular visitante, Munúa, se le desató esta irreverencia referida al comienzo y se autoexpulsó tras finalizar el partido en la anterior jornada. Keylor, suplente en Liga y titular en Europa League, apareció y sujetó el empate para los suyos, sudando colocación y entereza, cualquiera de las habilidades que puede ver resentidas quien no las cultiva y perfecciona semanalmente en escenarios trascendentales. El meta, costarricense, descendió de categoría en su primer año en España -con el Albacete-, circunstancia que curiosamente comparte con Bravo, su homónimo esta vez en la meta rival.

Claudio llegó joven a España y tan pronto completó partidos, observó desde el área como su equipo caía a Segunda. Y el primer año en el pozo, como por castigo o necesidad, lo pasó completamente en blanco, a la sombra de un por entonces emergente y muy arropado Asier Riesgo. Bravo fue más paciente de lo que acostumbra el ser humano, pero a esta medida cabe añadir otra todavía más meritoria: la ambición. Porque sin tener el puesto asegurado, una vez llamó el Barcelona a su puerta y se negó a ser suplente de nadie en un equipo superior. Luchó por recuperar la portería de la Real, y lo hizo una vez salió Riesgo. Hoy, es fijo. En la Real y en Chile, un combinado pasional y grande en Sudamérica donde además ejerce de capitán y es de largo el más respetado de los que visten La Roja de verdad.

Durante el empate entre Real y Levante, Keylor y Claudio, el primero más observado, el segundo en casa y ya asentado, dieron un recital de salidas, bloqueos, órdenes y seguridad en general, el valor máximo que aporta un portero y que por desgracia se gana únicamente apareciendo. Jugar ahí hoy es una maldición para cualquier niño. Con la perspectiva del tiempo y la frialdad de lo vivido, en cambio, alguno suspirará por haber estado expuesto de esa manera tan salvaje a críticas y halagos, ambos exagerados, que terminan por hacer hombre a cualquiera que aspire a ser tal.

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