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LA GRAN VÍA DE MADRID

Anatomía de una calle tan infernal que todos amamos

Siempre ha estado ahí, aunque fuese como un terreno sin gigantes de hormigón. La madrileña Gran Vía agobia y encandila a partes iguales, convirtiendo a los seres urbanitas en simples hormigas de carne y hueso que andan, corren y caminan a los pies de los edificios

feb 23 / 2015

¡Oh, Gran Vía! Llevas aquí casi toda la vida

Un poco más abajo, bajando hacia Plaza de España por la acera izquierda, los escaparates y tiendas de ropa van sustituyendo a los cines y a los teatros. Algunos ojos se posan sobre los cristales y otros esquivan al hombre-anuncio de un buffet libre. Al otro lado, y a la derecha, en la calle Fuencarral, como si de un río se tratara, desemboca un torrente de seres humanos que levantan el brazo, piden taxis y marchan. "Si te vas y nos dejas, ¡pues adiós, Canalejas!", cuenta el dicho popular.

Los quiosqueros se protegen en su madriguera de papeles que no traen buenas noticias (salvo para los que buscan la nueva entrega de su fascículo favorito). Unos pasos más allá, tres mozas se acicalan utilizando el cristal de una boutique como espejo. Hace unos años, tampoco muchos, ese 'espejo' se llamó Madrid Rock y era una tienda de discos. Las jóvenes, por supuesto, no lo saben. Ahora están pendientes de su flequillo. «Tía, parecemos maniquíes», bromea una de las chicas. Por detrás, andando, cruzan dos policías nacionales. Vuelven a su furgón, aparcado en Callao, donde aún quedan teatros, cines y tiendas de discos... y también más maniquíes.

El bueno de Fernando Bebia

¿Cuántos pares de zapatos pueden pisar el suelo de Gran Vía al cabo del día? ¿Cuántos ciudadanos, como las muchachas con sus flequillos, reparan en el calzado que, valga la redundancia, calzan? Nadie tiene tiempo de mirarse los cordones o el lustre del cuero de sus botas.

"Su elegancia empieza por sus zapatos", reza en el cartel de uno de los tantos limpiabotas que pueblan esta madrileña calle. Otro, más taurino, lleva impreso el siguiente eslogan: "México lindo y querido. Viva España". Un distinguido caballero lee el periódico mientras le dan brillo y esplendor a sus botines. No hay comunicación entre cliente y empleado. «Pues ya está, señor», avisa el limpiabotas. Le da unas monedas y se despide. Otro "adiós" más en Gran Vía. Uno de tantos que se repetirán a lo largo de la mañana y que recuerdan a las letras de Triana: "Porque a mí me atormenta en el alma tu frialdad".

GranViaMadrid

Cuando hablan las aceras

Fernando Bebia (Madrid, 1945) lleva más de 30 años ejercicio el oficio de limpiabotas en Gran Vía. Seguramente ha visto un buen pedazo de historia, aunque trabaje de espaldas a la vía. Ahora habla, en confianza, con dos amigos. Fuman puritos y conversan. Son voces cavernosas y roncas las que se escuchan, al lado de otra, cómo no, gran tienda de ropa que ya le enseña el futuro que le espera al Palacio de la Música. En una esquina, permanece Fernando limpiando botas, botines, zapatillas y zapatos.

«No me interesa», escupe el hombre sin levantar la mirada del suelo. Fernando es serio y muy distante. Y cortante. Las palabras salen de su boca con menos frecuencia que el humo del purito.

Hombre de pocas palabras

Mantiene las distancias, no quiere hablar demasiado. Tiene las manos trabajadas y el rostro en guardia. Al contrario de lo que puede parecer, a Fernando no se le escapa nada. Sobre su rodilla hay un trapo y en la mirada un puñal. «Esta calle es distinta. No tiene nada que ver con lo que era antes. Ya no queda elegancia». Lo dice convencido y con malhumor, sin dejarse vencer por la resignación. «Son muchos años aquí, viendo cómo cambiaba todo».

Constantemente vigila a la 'competencia', que justo en ese instante ha captado otro par de zapatos con señor dentro. La gente observa a Fernando de pasada. No reparan en él. Lo ven como a otro más.

GranVia

El adiós de Fernando

Fernando fue camarero antes de dedicarse al extinto oficio que ahora desempeña, pero la psoriasis lo apartó de la hostelería y del trato. Coloca unos botes de betún y carraspea para añadir una última frase a la conversación: «Parecía un apestado». Y hasta ahí. Fernando prefiere no hablar más. Se ahorra la despedida.

Gran Vía luce con un "adiós" de menos cuando un transeúnte decide pararse en el asiento de Fernando, un limpiabotas veterano y vivido que es testigo mudo del atardecer y del humo de esta gran ciudad.

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