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XX / XY

Cuerpos en el limbo de la sexualidad

La intersexualidad, también conocida erróneamente como hermafroditismo, es una discrepancia entre el sexo cromosómico (XX o XY) de una persona y sus genitales internos (testículos u ovarios) y externos (pene o vagina)

ene 14 / 2013

A los 12 años, Patricia se miraba al espejo y fantaseaba con llevar calzoncillos y pelo corto. «Patricia, te tienes que mentalizar de que no eres un niño. Siempre te imaginas como tal y no lo eres», se decía a sí misma. También soñaba con ser Superman o un vaquero del oeste, jugaba al fútbol, y en Navidades pedía pistolas, camiones y soldaditos, arquetipos de juguetes masculinos. Pero en el mundo real, Patricia llevaba vestidos, pelo largo y recibía muñecas que tiraba a la basura. Desde muy pequeña, ella sabía que era un niño. Al menos, así es como se sentía. Era un sentimiento anterior al lenguaje, instintivo. Vivía en el limbo entre XX/XY, pero no lo sabía.

Ahora es Gabriel José Martín, tiene 40 años, es psicólogo, bloggero y vive en Barcelona, aunque nació en San Fernando (Cádiz). Pero antes de todo esto, fue Patricia. Nació con una intersexualidad, es decir, una discrepancia entre su sexo cromosómico (XX o XY) y sus genitales internos y externos (los testículos o los ovarios frente a pene o vagina). Aparentemente, en su ADN parecía estar escrito XX ya que sus genitales se asemejaban a los de una mujer. Su madre llamó Patricia a aquel bebé nacido en un hospital militar, y los médicos determinaron que era una niña. Pero lo que los médicos desconocían es que padecía una subvirilización de los genitales, también conocida como «afeccción 46, XY» o «pseudohermafroditismo masculino», una de las cuatro categorías de intersexualidad existentes.

Según el diccionario médico Medline Plus, en esta categoría de intersexualidad, la persona tiene los cromosomas de un hombre (XY), pero los genitales externos no se han formado completamente, son ambiguos o claramente femeninos. Internamente, los testículos pueden ser normales, estar malformados o ausentes. Gabriel, en concreto, tenía dos testículos que no habían descendido y, por tanto, no se habían exteriorizado (un fenómeno conocido como «subvirilización»). Estaban albergados entre las ingles y lo que parecían unos labios vaginales. Y es que Gabriel, además de tener los testículos ocultos, nació con una hipospadia escrotal: la uretra, por donde se expulsa la orina, no desembocaba en la punta del glande, sino en un orificio en el perineo (espacio que media entre el ano y las partes sexuales), algo propio de la anatomía femenina y que implica orinar sentado en vez de de pie.

La subvirilización y la hipospadia se asocian al subdesarrollo del pene. Es decir, que  al nacer, Gabriel poseía un miembro tan pequeño (un micropene) que parecía un clítoris. El clítoris es, al fin y al cabo, el órgano eréctil femenino que incluso está cubierto por un prepucio. Este conjunto anatómico provocó que los médicos, a simple vista, determinaran que Gabriel tenía vulva y que, por tanto, era una niña.

De Patricia a Gabriel

Cuando tenía 9 años, los Martín se mudaron a otro barrio. Ahí comenzó parte de la pesadilla. Cambiar de colegio, conseguir amigos nuevos y la llegada de una amenazante pubertad eran sus principales preocupaciones. A esa edad, era una niña muy masculina. Vestía con ropa unisex, llevaba el pelo lo más corto posible y la gente de su clase le decía «marimacho» o «machorro». Las palizas y las pedradas eran constantes, así como los insultos. Los estudios fueron su casa del árbol, su refugio. «Sacaba unas notas muy buenas, porque al menos quería destacar en algo».

Llegó la adolescencia y con ella la certeza que siempre había tenido sobre sí misma. No le bajó la regla ni le crecieron los pechos. Pero sí comenzó a crecerle pelo en las piernas y barba. Lo que hasta entonces había sido su clítoris comenzó a aumentar de tamaño hasta llegar a ser un micropene que eyaculaba al masturbarse. A los 16 descubrió que, efectivamente, era un hombre, aunque con una anatomía peculiar.

En aquellos años, no existía Internet, así que decidió acudir a la biblioteca. Allí encontró el «Libro de la vida sexual» del médico López Ibor. «En la página 377 aparecía el término 'pseudohermafroditismo masculino', y entendí lo que me pasaba. Fue un punto de inflexión. Definitivamente, ya no era Patricia. Ni para mí, ni para nadie». Se hizo llamar Gabriel y le explicó a sus amigos íntimos y a algunos familiares lo que le había ocurrido. «Todos exclamaron '¡Claro! Ahora lo entendemos'», recuerda él.

El siguiente paso fue acudir al médico. Pero la falta de apoyo de sus padres provocó que lo retrasase hasta los 18 años. Durante esos dos años, Patricia se forjó una nueva identidad, la de Gabriel. Ocurrió en el instituto, una etapa que recuerda como la peor y la mejor de su vida. La peor por los insultos, palizas y traumas; la mejor porque pudo dejar de ser aquel adolescente con nombre femenino. Una pequeña liberación, según dice él.

Un hombre, también en el DNI

Cuando fue mayor de edad, acudió a su médico de cabecera, donde certificaron que había nacido con una intersexualidad que provocó que le confundiesen con una niña. A partir de ahí, su camino se bifurcó en dos procesos: el médico y el judicial. Contrató a un abogado para someterse a un cambio de sexo en el registro civil. Para ello, se sometió a exámenes de medidas antropométricas –«como en CSI cuando analizan un cadáver», bromea– y a análisis psicólogicos. Ambos expertos determinaron que era un hombre, y que se trataba de un caso bastante claro. A los 19, pudo mirar su DNI y ver que en él aparecía «Gabriel José Martín. Sexo: Masculino».

Durante ese proceso, estudiaba Psicología en la UNED y acudía al médico con frecuencia para programar sus operaciones. En total, se sometió a cinco intervenciones quirúrgicas para extirpar sus testículos inguinales (ocultos) —ya que podían tumorar— y alargar el pene todo lo posible. En un principio, se pensó también en operar su hipospadia (el orificio para orinar) para establecerlo al final del pene. Pero los médicos advirtieron a Gabriel de que cuando la operación se realizaba en la edad adulta tenía muchos riesgos. «Decidí mantenerlo así. Total, la única diferencia es que hago pis sentado y, con el tiempo, he conocido a muchos hombres que mean sentados aunque puedan hacerlo de pie. No es tan raro».

Intersexualidad, que no transexualidad

Erróneamente, se cree que los intersexuales son hombres y mujeres a la vez, o que es una condición vinculada a la transexualidad. Pero no hay relación entre ambas cosas, ya que en el caso de la transexualidad, las personas nacen con los genitales definidos, sólo que sienten que pertenecen al sexo contrario.

La doctora Laura Audí, asesora la Unidad de Investigación en Endocrinología Pediátrica y del Instituto de Investigación del Hospital Vall d’Hebron (VHIR), afirma que «es imposible que un bebé nazca con los genitales de ambos sexos». «Consiste en nacer con una apariencia sexual distinta al patrón habitual, es decir, discordante a la pauta considerada normal o común», añade. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta condición afecta a un 1% de la población mundial, aunque, tal y como apunta Audí, «es imposible saber la prevalencia, ya que hay personas intersexuales que no saben que lo son ni lo sabrán».

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