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NANDO PARRADO, SUPERVIVIENTE DE LA TRAGEDIA DE LOS ANDES

"Culpo al piloto, que cometió un terrible error de navegación"

El viernes 13 de octubre de 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que transportaba a los jugadores del equipo de rugby Old Christians se estrelló en Los Andes a 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar, con 40 pasajeros a bordo y 5 tripulantes. En total, 45 personas, de las cuales sobrevivieron 16, entre ellos Fernando Parrado (Montevideo, Uruguay, 1949), que por entonces tenía 23 años

may 30 / 2016

Nadie pensaba que el encuentro entre los Old Christians de Montevideo y los Old Boys de Santiago de Chile fuera a cancelarse por una catástrofe aérea que marcaría las vidas de los supervivientes y de la historia de la aviación mundial (sin ir más lejos, Frank Marshall recreó el suceso al dirigir '¡Viven!' en 1993). El grupo de estudiantes/deportistas salió del Aeropuerto Internacional de Carrasco (Uruguay) el jueves 12 de octubre, pero aterrizaron al poco tiempo en el aeropuerto El Plumerillo, en Mendoza (Argentina), por las malas condiciones meteorológicas. Además, tenían días de margen para arribar a Santiago de Chile, pero el coronel Julio César Ferradas (con el teniente coronel Dante Lagurara de copiloto) decidió retomar el viaje al día siguiente, ignorando el posible riesgo de accidente.

GONZOO: ¿Cómo era su vida antes del accidente? Siendo joven, deportista, ¿quién podía pensar en un accidente aéreo?

NANDO PARRADO: Creo que nadie puede pensar en un accidente aéreo, sobre todo cuando se es un joven estudiante y deportista. Es como pensar en si se va a hundir el ferry o en un choque con un camión. Esas cosas suceden a veces, pero nadie las piensa. Antes del accidente, mi vida era absolutamente normal y nada fuera de lo común. Era la vida de un joven de 20 años: estudios, deportes, familia, chicas, motos…

G.: Invitó a su madre y a su hermana –al viaje- como regalo. ¿Se arrepiente, a día de hoy, de haber ofrecido aquella invitación? 

N.P.: No tengo nada de qué arrepentirme, ya que yo les di un regalo de amor y las invité a un lindo viaje. El piloto cometió un error y es él quien tendría que arrepentirse. Lamentablemente, murió en el accidente.

G.: ¿Por qué no prefirió esperar más en Mendoza hasta que pasara el mal tiempo?

N.P.: No fue una decisión nuestra, sino del piloto. Además, a esa edad, no teníamos la más mínima experiencia en decidir si un avión puede o no despegar por causa del mal tiempo.

G.: Por otra parte, el avión (un Fairchild Hiller FH-227) era conocido como "el trineo de plomo". ¿Ustedes sabían qué tipo de aparato habían alquilado?

N.P.: Lo alquilamos por ser la opción más barata. Tampoco teníamos experiencia en ese rubro de la aviación (hoy sería impensable alquilar un avión por ser la opción más barata). No teníamos ni idea de que se llamara "el trineo de plomo". Como se dice comúnmente: "Con el periódico del lunes, todas las decisiones son mejores".

G.: ¿A qué olía el frío después del accidente y a tanta altura?

N.P.: Físicamente, no tiene olor. En la mente huele a desesperación, a desesperanza y a muerte.

G.: Tengo una duda respecto al hecho de tener que alimentarse de los cadáveres para sobrevivir. Aunque se respetaban algunos cuerpos, ¿no se pensó en romper esa norma en momentos de mucha necesidad? Entiendo que las opciones de sobrevivir eran nulas o escasas, pero supongo que se abriría un debate interno -en un plano emocional- entre seguir viviendo o morir.

N.P.: El debate se hace entre las personas que no estuvieron allí. No hubo debate entre nosotros. Fue la cosa más hermosa posible, ya que hicimos un pacto y fuimos los primeros donantes conscientes de nuestros cuerpos. ¿Hay algo más hermoso que dar la vida por un amigo? Es un debate inútil fuera de las circunstancias. Todo ser humano, puesto en ese lugar, hubiera actuado de la misma manera. El hambre es el miedo más terrible y primario del ser humano, pero únicamente puede ser conocido cuando la apuesta es real. Todo lo demás, no cuenta. Hacer una dieta estricta, lo único que prueba es la voluntad de no abrir el refrigerador.

G.: En una situación así, ¿creer en Dios era suficiente para mantenerse "vivo"?

N.P.: Tal vez para algunos sí lo sea. Para mí, la motivación era volver a ver a mi padre y vivir.

G.: ¿Había más temor por la locura?

N.P.: Nunca se me pasó por la mente llegar a perderla y entrar en una especie de locura. Para salir de allí, todos tuvimos que mantener un alto nivel de conciencia, improvisación, respeto, solidaridad, creatividad y trabajo en equipo.

G.: El accidente ocurrió un viernes 13. ¿Empezó a ser supersticioso desde entonces?

N.P.: Ni antes, ni después. Es un número como cualquier otro.

G.: No llegó el rescate hasta 72 días después, pero gracias a la expedición que usted inició junto a Roberto Canessa pudieron recibir la primera ayuda. ¿Se intuía que la salvación estaba cerca?

N.P.: Solamente supimos que podíamos llegar a salvarnos cuando nos encontramos con el arriero, después de 10 días de estar atravesando Los Andes. Antes que eso, la muerte estaba cada vez mas cerca.

G.: ¿El peor momento fue el de la espera de los últimos días?

N.P.: Para mí, hubo muchos malos momentos, pero tal vez, el más desesperante, fue cuando al hacer cumbre en la primera montaña vimos lo que había hacia adelante.

G.: En el hipotético caso de no haber sido encontrados y salvados, ¿se empezó a plantear la opción del suicidio entre el grupo de supervivientes?

N.P.: Nunca se mencionó ese tema. Jamás hubiera sido una opción. Sucedió lo que tenia que suceder. Salimos a intentar llegar a algún lugar, en una expedición que, si no tenía buen fin (que era lo más probable), nos hubiera matado. Pero eso no es suicidio, es luchar por la vida.

G.: Usted tenía que volver a casa sin su madre y su hermana y todavía tenía que vivir aquella extensión de la tragedia con su padre. También perdió a su mejor amigo (“Panchito”). ¿En qué le cambia la vida a una persona una vivencia así?

N.P.: Mi vida siguió su curso. El accidente de Los Andes es parte de mi vida y, como tal, habrá aportado buenas y malas cosas. No sé si he cambiado o no. He seguido siendo la misma persona, con los mismos valores, los mismos defectos, las mismas virtudes, los mismos deseos, los mismos miedos, la misma convicción y la misma resiliencia. Nunca he querido cambiar nada del pasado. Si quisiera cambiar lo malo del pasado, cambiaría lo bueno del presente, que aconteció por lo malo del pasado. Es una filosofía de vida mía. Si no hubiera acontecido el accidente en Los Andes, hoy no tendría la familia que tengo (y no quiero ni intentar llegar a pensar si esta familia es mejor o no que la anterior). La vida continúa a pesar de lo que le pase a cualquier ser humano en este planeta. Por supuesto que me gustaría tener a "Panchito" Abal hoy conmigo, a mi madre, a mi hermana Susi y a mis otros amigos que murieron en el accidente, pero no es posible; vivo mi presente y un poquito del futuro. Si mirara mucho hacia atrás, lo único que lograría seria tener un dolor muy fuerte en el cuello.

G.: ¿Por qué abandonó, después, sus estudios universitarios para dedicarse a la ferretería?

N.P.: Mi familia tenía, en ese entonces, dos ferreterías. Mi madre se ocupaba de una y mi padre de la otra. Al morir mi madre, fue la opción más simple y perfecta que yo me ocupara de su trabajo. Además, me gustaba más trabajar que estudiar.

G.: ¿Culpó al rugby de lo sucedido? No como causa directa, pero sí como indirecta.

N.P.: Culpo al piloto, que cometió un terrible error de navegación. El rugby nos salvó la vida. Únicamente por ser rugbistas, salimos de ese infierno helado.

G.: Una última pregunta: ¿alguien, después de aquello, echó de menos no haber jugado aquel partido?

N.P.: No entiendo muy bien la pregunta, pero hubo algunos que no pudieron viajar por tener exámenes o trabajo, y creo que se felicitan de no haber sido parte del equipo que viajó. Los que sobrevivimos, volvimos a jugar ese partido varias veces. Es más, cada año jugamos con el equipo chileno de los Old Boys. Un año viajamos nosotros hacia Chile y al siguiente viajan ellos a Uruguay. Hace 42 años que hacemos esto, por lo que lo hemos jugado varias veces. Hoy, algunos, no pueden jugar ya y los otros jugamos a cámara lenta.

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