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Jóvenes españoles de familias inmigrantes

Atrapados entre dos tierras. Así se encuentran hoy en día muchos jóvenes españoles que conviven entre nosotros cuyos orígenes se sitúan en otros países o incluso en otros continentes. Este es el caso de Piti Mbaye, española de nacimiento pero de sangre senegalesa

may 21 / 2013

Con una amplia y blanca sonrisa que contrasta con el tono chocolateado de su piel, Piti Mbaye es una joven de 24 años nacida en España pero cuyas raíces provienen de un territorio más lejano: Senegal. De entre la multitud de tribus africanas, la suya es la ‘rab’, en la que sus miembros se dedican a vender collares y pulseras hechas a mano.

Su padre trabajaba en una fábrica de chapas donde le pagaban un sueldo mísero, así que él y su familia vinieron a España buscando mejores condiciones de vida. De esto hace ya más de 30 años. 

La infancia de Piti trascurrió entre aquí y allí, haciendo constantes viajes a tierras africanas. Pero eso queda ya muy atrás. Pese a su cuerpo menudo y su aspecto juvenil, ahora Piti tiene marido y dos hijos, su propio hogar.

Novia adolescente

Los años de adolescencia de Piti no fueron como los de cualquier chica española.  En la cabeza de su padre no entraba el concepto de la diversión, ni de los novios blancos, ni del ambiente de las discotecas. Su retahíla siempre era la misma: que estaban en España para trabajar. Nada más. «Mi hermana y yo nos peleábamos por bajar a la calle a tirar la basura», cuenta. 

Hace siete años que esta senegalesa se casó con su primo hermano. Él y la familia de Piti vivían juntos en su casa española, hasta que un día surgió el amor. «Mi padre me dijo un miércoles ‘el domingo te casamos’. Y así fue. No sabía con quién hablarlo, no lo pasé muy bien al principio, pero luego me adapté», reconoce Piti. 

Aunque a ella le hubiese gustado, en su boda no hubo un largo vestido de novia ni un banquete posterior para celebrar el acontecimiento. Con pantalones cortos y junto a su pareja, recibió una llamada desde Senegal del jefe de la tribu a la que pertenece su familia, que les avisó con un ‘ya estáis casados’. Según sus tradiciones, no es necesario que la persona que va a realizar la unión esté presente con los contrayentes, ni quisiera es preciso que los novios estén en el mismo lugar.

Un ‘no’ rotundo a la poligamia

La poligamia es un hecho en Senegal. El suegro de Piti tiene tres mujeres y 26 hijos. Entre sus álbumes de fotos aparecen las imágenes de muchas personas con distinta identidad: sus siete hermanos, primos, cuñados y un sinfín de parentescos provenientes de largas familias que se entrelazan entre sí. Son tantos que a veces precisa de unos segundos para pensar quién es quién.

El número máximo de mujeres con las que un hombre senegalés puede contraer matrimonio son cuatro, siguiendo el ejemplo del profeta Mahoma. Tener más o menos esposas depende de la capacidad adquisitiva de cada cual. «Mi marido no tiene ni para mantener a una. Pero vamos, ya lo sabe, como se case con otra, ahí tiene la puerta», afirma con rotundidad.

La homosexualidad, bajo pena de cárcel

A día de hoy, si un homosexual viaja a Senegal tiene que tener cuidado con no mostrar sus tendencias sexuales en público. Este tipo de delito está castigado con penas de entre uno y cinco años de prisión. «Mis padres me dicen ‘¿pero cómo puedes ver eso natural?’. Y yo pienso que siempre que tengas buen corazón, lo demás da igual», relata Piti con su voz cálida y pausada, recostada sobre el respaldo del sofá azul.

Piti ha tenido que tragar con muchas imposiciones, pero la religión es algo contra lo que se ha rebelado, pese a las críticas constantes de su familia. Ni reza mirando a la Meca las tres veces diarias que debería, ni se abstiene de comer lo que quiere en la celebración del Ramadán. «Cuando yo me muera ya le explicaré a Dios que no recé porque no tenía ganas». Y pregunta con cierto tono retórico: «Una persona que no reza no tiene por qué ser mala persona, hay cosas peores».

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