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LABORATORIOS DE REVELADO FOTOGRÁFICO

Memorias de un carrete

A finales de lo 90 se comenzaba a hablar de las cámaras digitales. «También decían que la Polaroid instantánea acabaría con el revelado y aquí seguimos», argumentaban los que trabajaban revelando fotos. La amenaza acabó con las risas y pronto los carretes se llenaron de polvo. Ahora quedan dos cosas: los hipsters que siguen utilizando cámaras antiguas y las historias que se cocieron en aquellos laboratorios. Pero lo primero no nos interesa (por ahora)

nov 01 / 2013

Esta fotografía es mi prueba. Existió aquella tarde, cuando las cosas aún iban bien entre nosotros, y ella me abrazaba, y éramos tan felices. Ocurrió realmente, ella me amó (Duane Michals, 1975)

DuaneMichals

La fotografía como prueba, como evidencia, como documento de que algo existió, de que algo fue, de que algo es para quien disparó la cámara. Siempre pensamos en los fotógrafos como los observadores de la realidad y pocas veces caemos (o caíamos) en que en todo este asunto había otros testigos de nuestras historias. Aquellos que trabajaban revelando fotografías.

Al triángulo amoroso formado por la cámara, el fotógrafo y el encuadre se sumaba un cuarto en discordia, el 'voyeur', alguien a quien nunca veíamos la cara pero que podía conocer aspectos más íntimos de nuestra vida que muchos de nuestros allegados: un beso furtivo adolescente, una escena sexual, la primera vez que aprendimos a andar.

Precisamente, este tipo de imágenes eran las favoritas de Manuel Rodríguez, dueño de una tienda de fotografía del centro de Madrid. Antes tenía un laboratorio, pero tras la llegada del meteorito digital que dinamitó a los dinosaurios de lo analógico, lo cerró y reformó la tienda. Lo que creó fue un híbrido que se mantiene como una fortaleza ahí donde las calles de la capital se estrechan: un lugar que atiende las necesidades de las cámaras digitales pero también de las analógicas. Y para revelar, posee un pequeño cuarto oscuro en casa. «Es tan baja la demanda que lo poco que me piden lo puedo hacer ahí», cuenta.

La burbuja del carrete

A sus 58 años ha visto de todo. Y aquí es literal: desde perversiones sexuales —«Ahí se veía de todo, de todo. Hasta orgías. A mí me daba igual pero no entendía cómo a la gente no le daba vergüenza revelar esas cosas», dice— hasta las escenas infantiles más tiernas, pasando por todos los monumentos de todos los países junto a los que posamos hasta desgastarlos. «Sería curioso ver una exposición con todas esas fotos que salieron mal pero que seguramente guardaron en sus álbumes porque se vieron obligados a revelar todo el carrete», apunta Manuel. El error humano como parte de la rutina, también de la fotográfica. «Esas fotos ahora se borran en las cámaras digitales y en los móviles. Hasta cinco, ocho, diez veces se puede repetir una misma foto. Yo las guardaría y les diría “esto también sois vosotros”», añade.

Alejandro Prado tiene 33 años y es redactor de El País. Antes de empezar la Universidad quiso saber qué era trabajar y ahorrar algo de dinero para el carné de conducir y para los estudios. Acabó en un laboratorio de revelado en el que lo primero que le sorprendió fue la cantidad de carretes que entraban al día: «Tras las vacaciones, el volumen de trabajo era ingente. Había tres turnos para no parar en 24 horas. Era la época de la burbuja del carrete, a finales de los 90», recuerda. Por aquel entonces se empezaba a hablar de las cámaras digitales, y los dueños del laboratorio bromeaban con la ‘amenaza’: «También decían que la Polaroid instantánea acabaría con el revelado y aquí seguimos». «Nadaban en un mar de carretes y, por tanto, de dinero. No se supieron adaptar a las nuevas tecnologías y siguieron invirtiendo en lo analógico cuando la burbuja ya estaba reventando», argumenta el periodista.

Jesús Bustos tiene 31 años y es Community Manager, pero gracias a un taller del colegio reveló su primera fotografía a los 12. Al contrario que Alejandro, Jesús asegura que la «mayoría conservadora, tecnológicamente hablando, no tardó en admitir lo que se avecinaba». «Muchos acabaron cerrando por bajada de beneficios, es cierto, pero otros muchos adaptaron sus servicios a lo digital. En cualquier caso, donde cerraba un analógico abrían dos digitales», añade. Eso sí, se muestra nostálgico con el «contacto humano», tanto con los que estaban en el laboratorio como con desconocidos: «Pasabas horas hablando con los compañeros, imaginando sus historias mientras revelabas sus fotos. Eso se ha perdido».

«Una mujer montándoselo con un perro»

Hace ya 15 años desde que Alejandro Prado dejó el laboratorio de revelado, pero aún recuerda una de las imágenes que le tocó positivar: «Una mujer montándoselo con un perro». En los carretes, según cuenta, el sexo era bastante habitual, convencional y no convencional. «También había fotos de despedidas de soltero o similares donde la stripper daba un extra a los clientes. Y recuerdo unas imágenes que mostraban unos cuerpos desenterrados, medio putrefactos ya. Se veían policías o guardias civiles, así que no debía de ser ilegal», añade.

Una de las historias más «entrañables» que rememora el periodista es cuando llegó un carrete muy viejo de una mujer que lo había encontrado en casa de sus padres. «Lo revelamos con mucho cuidado y, aunque estaba ya muy caducado, en las fotos amarillentas se podían ver unos niños. Luego me enteré que eran esa mujer y sus hermanos bastantes años atrás».

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