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INTELIGENCIA ARTIFICIAL

¿Podríamos enamorarnos de un ordenador?

La idea de si en un futuro el ser humano podrá crear un sistema operativo con conciencia propia no es nueva. De ello se deriva la cuestión de si, como seres humanos, podríamos enamorarnos de ese sistema. La pregunta tampoco es nueva, pero «resulta novedosa porque ahora es creíble»

mar 14 / 2014

Si Bécquer viviera en la época futurista que retrata Spike Jonze en su última película, 'Her', y quisiera dedicarle un poema de amor a Samantha, tendría que cambiar ligeramente el famoso verso: "¿Qué es poesía?, dices mientras iluminas con tu pantalla mi pupila azul…".

El filme es simple. Theodore, que pasa por una de esas rupturas que te hacen creer que has sentido todo lo que podías sentir y que a partir de ahora todo serán malas copias de esos inigualables sentimientos, se enamora de Samantha, un Sistema Operativo (SO). Como Siri, pero con conciencia; es decir, mucho más avanzado. El culmen de la Inteligencia Artificial. Los temas de la película son clásicos: por un lado, el dilema del humano que aspira a crear seres perfectos, artificiales; por otro, el dilema rutinario de la pareja: las peleas, las reconciliaciones, el ceder y que el otro ceda. «Lo único realmente novedoso es que la pregunta [¿podríamos enamorarnos de un ordenador?] ahora resulta creíble», apunta Baltasar Fernández, doctor en Psicología y experto en la relación entre tecnología y sociedad.

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De esta pregunta se presupone una anterior: ¿será el ser humano capaz de fabricar un ordenador con conciencia propia tal y como propone Spike Jonze en 'Her'? Ramón López de Mántaras, investigador del CSIC en el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (IA) y ganador del prestigioso Premio Robert S. Engelmore sobre IA, opina que no. Al menos, no lo que en un contexto humano entendemos por «conciencia». «La inteligencia depende del cuerpo en el que se desarrolle. Me explico: depende del tipo de sensores que tenga para percibir su entorno y de la forma de dicho cuerpo. Si en lugar de caminar sobre dos piernas, reptáramos como las serpientes, habríamos desarrollado una inteligencia muy distinta. Pero no, somos bípedos, tenemos cinco sentidos muy sofisticados y un cerebro muy complejo. Una cámara de visión artificial, por ejemplo, no tiene casi nada que ver con un ojo humano y dudo que lleguen algún día a aproximarse a los sentidos del cuerpo humano. En consecuencia, por muy inteligentes que lleguen a ser las futuras inteligencias artificiales, siempre serán distintas a las humanas», explica.

«La conciencia propia en el sentido humano necesitaría una complejidad mucho más elevada de la que estamos en condiciones de asignar en estos momentos», expone José Luis Salmerón, especialista en el campo de la IA y las emociones e investigador en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla. «Es posible que se pueda realizar con la llegada de los computadores cuánticos. Estos se basan en qubits, a diferencia de los actuales, que utilizan los bits, y permitirían procesar cantidades ingentes de información».

Pautas culturales

El conocido científico Kevin Warwick, bautizado como 'Capitán Ciborg', ha arrojado ya más de una pista sobre este tema: «Existen ya ordenadores con conciencia… a su manera. Los humanos te dirán: "Ánimo, estás deprimido, verás cómo todo pasa y conoces a una persona ideal", que no sirve de nada. Una máquina podrá basarse en tus experiencias pasadas para realizar un vaticinio más acertado».

Nuestras relaciones personales responden a pautas culturales definidas. Cuando entablamos una, esperamos que el otro se comporte según lo socialmente aceptado. «Suponiendo que dispusiéramos de sistemas operativos capaces de adaptarse a esas normas, ya sea implantado en un cuerpo artificial (por ejemplo, un robot) o residente en una nube (sin cuerpo), le exigiríamos comportarse del mismo modo que se lo exigiríamos a una persona. Si el SO responde bien, nosotros podríamos seguir el juego sin problema», hasta llegar a lo que «podríamos llamar amor», defiende el psicólogo Baltasar Fernández.

Ya no nos extraña que haya personas que sedimentan su vida en la red y que interaccionan más en internet que cara a cara, todo ello sin importar si conocen en persona a quien contesta o si es solo un avatar. «No responde a ningún perfil psicológico o patología», argumenta el doctor en Psicología, «es sencillamente un nuevo patrón cultural». «Las nuevas generaciones crecerán conviviendo con estos nuevos sistemas con naturalidad, sin plantearse preguntas sobre la artificialidad de lo virtual o sobre la ética de amar a la máquina», añade.

Inteligencias diferentes, no inferiores

Ramón López de Mántaras defiende que «las futuras inteligencias artificiales no se enamorarán ni sentirán placer sexual, no serán nunca seres humanos». No es que sean inteligencias inferiores a la humana, sino diferentes. «Las máquinas seguirán procesos de socialización y culturización distintos a los nuestros, por lo que por muy sofisticadas que lleguen a ser, serán inteligencias ajenas a las nuestras».

La siguiente cuestión es: si el sistema operativo es capaz de responder de manera positiva a los patrones culturales humanos, ¿por qué no mantener una relación con él? «No veo nada horrible en tener afectos ni en depositarlos en objetos, ya lo hacemos continuamente. Lo que me atemoriza es la facilidad con la que juzgamos a los demás y les condenamos a ser como nosotros pensamos que todo el mundo debe ser, como si tuviéramos la clave de la ética o de la felicidad», mantiene Fernández.

Quizá el error esté en intentar responder esta pregunta aquí y ahora: juzgar estilos de vida futuros según parámetros pasados (es decir, actuales). «Es una exageración de viejos, un conflicto generacional», apunta. «Solo desde una posición de este tipo se puede pensar que alguien estaría loco por enamorarse de una máquina, como hace poco tiempo muchos decían que alguien estaba loco por hablar a solas por la calle con un móvil», concluye.

De momento no sabemos si los futuros sistemas operativos tendrán la voz de Scarlett Johansson, si los hombres irán vestidos con pantalones sobaqueros como el protagonista de 'Her', ni si nos habremos convertido en un anciano gruñón al que todo esto de enamorarse de una máquina le parece mal. Pero ante estas disyuntivas, el psicólogo Baltasar Fernández cita al filósofo Paul Virilio: «El mejor uso traerá también malas consecuencias, y el futuro terrible que imaginamos tendrá aspectos maravillosos».

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