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PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Saskia Sassen: «Los sin poder pueden hacer historia sin tomar el poder»

Tras imponerse al economista estadounidense Paul Romer, la holandesa Saskia Sassen ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Experta en asuntos urbanos y globalización, hablamos con ella sobre la ciudad, los movimientos sociales y el poder del pueblo

may 18 / 2013

Su nombre aparece entre los diez primeros científicos sociales del mundo. Es Saskia Sassen (La Haya, 1949), la holandesa que acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales tras imponerse al economista estadounidense Paul Romer

Esta profesora de la Universidad de Columbia (EEUU) es experta en asuntos urbanos y globalización, y entre sus aportaciones destaca, sobre todo, la de ‘ciudad global’, ciudades que interactúan entre ellas al margen de las barreras nacionales. Ciudades que podrían ser más importantes que los propios países a los que pertenecen. Gonzoo ha hablado con ella tras la concesión del prestigioso galardón, que se le entregará el próximo octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo. 

GONZOO: A veces, de tanto utilizar conceptos parece que éstos se diluyen. Se ensanchan para acoger nuevas acepciones o se estrechan para excluirlas, según interese. ¿Qué significa exactamente 'ciudad global'?

SASKIA SASSEN: Cierto, es un concepto que ha asumido varios significados. En un extremo está lo que yo postulé (en su libro ‘La ciudad global’, 1991), pero en el otro está siendo usado por intereses comerciales como un parámetro del éxito de la economía global corporativa y financiera. En mi análisis son actores a nivel nacional, es decir, que tienen capacidad de implementar cambios en las políticas de Estado.

G: Entonces, ¿Nueva York o Tokio, como ciudades globales, tienen más poder que su propio país?

S.S.: No más poder, pero pueden determinar las medidas que lleva a cabo un país. 

G: ¿Lo que se determine en la ciudad de Nueva York  puede influir a nivel global?

S.S.: Exacto. Pero la ciudad global también incluye a los sin poder, que pueden visibilizarse de diversas formas. No sólo para reclamarle al Estado que les dé apoyo, sino para algo más profundo: para ‘hacerse presentes’, y que de ahí pueden surgir nuevas políticas. Me parece que parte del movimiento okupa tiene este elemento de ‘to make presence’. 

G: Que los sin poder se hagan presentes, dice. Eso es muy quincemayista. 

S.S.: Sí, la ciudad emerge como un espacio donde los sin poder pueden hacer historia sin tomar el poder. No es el único espacio, pero es el más crítico. El 15M, como movimiento social, está haciendo historia. 

G: ¿Cómo debería organizarse un movimiento social como el 15M?

S.S.: Considero que deben buscar un objetivo concreto que sea capaz de movilizar a personas de diferentes ideologías, al margen de los partidos o sus ideas políticas. 

G: Hablando de ciudades y 15M, hay una tendencia de arquitectos que apuestan por dejar de construir y empezar a rehabilitar lo ya construido. ¿Es viable en países como España cuyo modelo productivo, además del turismo, es el del cemento? 

S.S.: Creo que es importantísimo reutilizar lo que tenemos, cambiarle el significado, adaptar esos espacios a la vida actual con pequeñas intervenciones. Es muy importante que los nuevos arquitectos introduzcan sus conocimientos y los últimos avances tecnológicos. 

G: Pero, ¿por qué tenemos esa necesidad de construir, de colonizar?

S.S.: Los presidentes de los países ven en la construcción un índice de desarrollo, de potencia mundial. Se enorgullecen de ser el país que más construye. 

G: Usted afirma que «las ciudades nos hablan». ¿Se adapta la ciudad a nuestras necesidades o nosotros a las necesidades de una ciudad?

S.S.: En mi investigación ‘Urbanizar la tecnología’ vi que la ciudad, la ciudad compleja,  puede ‘hackear’ el diseño del ingeniero, el diseño de la tecnología (por ejemplo, adaptando un vehículo a las exigencias urbanas: tamaño, prestaciones, carburante...). Desde mi punto de vista, ése es un aspecto que tiene la ciudad: tiene voz. Lo llamo ‘the city can talk back’ (la ciudad te puede contestar). 

G: ¿Contestarnos? ¿Que la ciudad nos diga ‘esto me conviene’ o ‘esto no me conviene’? 

S.S.:  Exacto.

G: Parece que cada vez escuchemos menos esa voz.

S.S.: Creo no es fácil de detectar, hemos perdido la capacidad de oírla. 

G: Igual que los movimientos artísticos cambian, también cambia la arquitectura de una ciudad. Por ejemplo, parece que la globalización, entre otras cosas, ha conseguido que haya al menos una zona idéntica en casi todas las partes del mundo. La fiesta en Ibiza es igual que en Tailandia, India o Estados Unidos, cuando son culturas muy diferentes. ¿Cómo ha cambiado la globalización el rictus de la ciudad, su fisionomía?

S.S.: Estoy de acuerdo con eso. La globalización crea estándares: en la forma de disfrutar una fiesta, pero también en la contabilidad, en las finanzas y, por supuesto, en el espacio urbano de vanguardia. Puede dar la impresión de que todos los centros de alta calidad en las ciudades (ciudades financieras) son idénticos. Es más, la gente al ver que arquitectónicamente son iguales, cree que las economías de esas ciudades también lo son, que están estandarizadas. Y ahí se equivocan. Este espacio de vanguardia se utiliza de manera diferente en cada ciudad.

G: ¿O sea que Wall Street o la City de Londres son iguales por fuera pero diferentes por dentro? ¿O que Cuatro Torres Business Area en Madrid, aunque trata de imitar el tipo de construcción financiera neoyorquina, no lo consigue a la hora de imitar su economía?

S.S.: Exacto. Para ilustrarlo con un ejemplo: las vías del tren son iguales vayas donde vayas, pero no el uso que se le dará. En un sitio será para transportar gente, en otro para transportar ganado, en otro para exportar petróleo… Por eso, en mi investigación trato de encontrar un punto en común entre esas infraestructuras (los altos rascacielos, por ejemplo) y las economías. Antes, la arquitectura y el uso sí parecían ir de la mano. En la década de los 60 y los 70,  los grandes edificios de oficina hablaban el idioma de ‘trabajo de oficina’, y se hablaba en Londres, en Nueva York o en Beijing. 

G: En sus estudios, cuando habla de desigualdades, alude a las tecnologías y a la sociedad de la información. ¿Qué pasa con la del conocimiento? 

S.S.: Creo que las personas traen su propia lógica a las tecnologías, y eso es lo que hay potenciar para llegar a la sociedad del conocimiento. Al incorporar las tecnologías interactivas en entornos urbanos, hay que permitir que los diversos tipos de usuarios las ‘personalicen’. Si la tecnología controla todos los resultados de forma rutinaria, como si se tratara de una tubería de datos, hay un alto riesgo de que se convierta en obsoleta, cada vez menos utilizada o tan rutinaria que apenas sea interactiva. 

G: Por cierto, el premio que ha recibido sólo lo han recibido dos mujeres más en toda su historia (Martha Nussbaum y Mary Robinson). ¿Desigualdad también en el ámbito científico?

S.S.: El pensamiento que me surge es ‘there is work to be done’ (hay trabajo que hacer). 

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